“... si tenemos una sensación de quiénes somos, es sólo porque vivimos dentro de la mirada de los demás” Paul Auster
El Club del halago mutuo, llama César Young al intercambio de frases admirativas entre dos o más escritores. ¿Por qué no hacerlo si entre ellos es sincera la admiración por la escritura del otro? También, y con más frecuencia, sucede entre los amantes. Cuando ella y él se aman, se admiran, y esto, amigo mío, no es criticable. Hechos con retazos de seres de carne y hueso, los personajes que recién comienzan a vivir en mi próxima novela, intercambian mensajes de amor y admiración. En sus tempranos cincuentas, me hacen rememorar una edad que pasé hace mucho. Ambos son escritores, con cuatro libros cada uno, y sí es cierto que todavía gozan leyéndose. Así escribe ella:
Sabes, amigo mío, es maravilloso esto de analizar nuestros sentimientos desde la perspectiva que nos da nuestra relación con los libros. Para mí los libros no son meras páginas escritas, son seres valerosos, valiosos, siniestros, sabios, venenosos, ingenuos, y casi siempre ególatras, pero muy generosos; son seres de papel que nos regalan ideas cuidadosamente arregladas, compuestas, maquilladas, como tú quieras. A estas entidades (los libros) les exijo belleza, profundidad, y cucharadas de mermeladas en sus pensamientos. Los libros nos permiten explorar nuestro interior (por eso escribirlos y leerlos es un ejercicio tan solitario) y hablar a nuestro yo oculto con un lenguaje antes desconocido, Sin ellos saber lo que buscamos, silenciosamente nos dan la clave de la vida, del amor, de la felicidad.
Por eso te leo y te amo. Sin cotanr tus vicios, que son fascinantes.
Y él:
Me seducen tus muchas posesiones intangibles. La risa es tu principal herramienta para fabricar querencias. Tu elegancia intelectual, definitivamente te agiganta; las modulaciones de tu voz –excepto cuando cantas– me hacen cerrar los ojos para soñar mejor. Me acalambra tu manera de desvestirte y tu desaforado pero dulcísimo apetito sexual. Pero, sobre todo, me fascina lo que muestras en cada mensaje. ¡Qué buen uso del formidable ejercicio de pensar! Tu pensamiento, querida mujer, me seduce más que todo lo demás. Eres el complemento que necesitaba para redondearme como hombre.
Compañera, socia, fantasma, realidad, risa y coito. Me haces pensar en Víctor Hugo que decía: “No extirpes sus vicios si quieres tener mujeres fascinantes”. Pero eso no va con nosotros porque no permitimos que nos invadan las cucarachas de la moral. ¡Fuera! ¡A nosotros, vicios queridos
Te abrazo, te huelo y también te leo y te amo.