«Usted ha repetido varias veces la palabra 'cosa' —dijo Gregorovius—. No es elegante pero en cambio muestra muy bien lo que le pasa a Horacio. Una víctima de la cosidad, es evidente. —¿Qué es la cosidad? —dijo la Maga. —La cosidad es ese desagradable sentimiento de que allí donde termina nuestra presunción empieza nuestro castigo». Esta cita no necesita el desvelo de su procedencia, sin embargo prefiero ser inclusivo: es de 'Rayuela', de Julio Cortázar, una novela con un léxico extraordinario; real e inventado.
«Cosequeame la cosa» escuché decir en Panamá y todavía me dura la tristeza.
Cortázar en una entrevista advierte que lo que se dice, si no lo hacemos con el lenguaje preciso es como no decir nada o decirlo mal. También existen los extremos, Gustave Flaubert piensa —quizá con razón— que solo hay una palabra para describir con exactitud lo que queremos expresar. Con 'Le mot juste' (la palabra exacta), Flubert rechaza el sinónimo como reemplazo de la palabra precisa que representa una idea.
Molesta la costumbre de llamar 'cosa' a lo que tiene otro nombre. Molesta más cuando el que usa 'cosa' va por el mundo con el atuendo de escritor y se aferra a la palabra como el comodín salvador de un vocabulario indigente. Si supiera que cada 'cosa' escrita le resta lectores. En el que escribe usar 'cosa' es pereza mental, un substituto desastroso para la palabra justa. En Panamá me asombró la poeta que se asió con desespero a 'cosa', nada salía de aquella mente en que las palabras deberían ser juego, inventiva y no descalabro y torpeza. Y cuando preceden 'cosa' de un adjetivo cuantitativo para que sean 'muchas cosas'.
El escritor español Antonio Muñoz Molina delinea el perfil del bardo autoproclamado de manera insuperable: «Hay quien publica un tomo liviano de verso o prosa y enseguida se llama a sí mismo poeta, escritor, escritor joven, y va a congresos de poetas vestido de poeta o de escritor joven, y firma manifiestos de jóvenes poetas o jóvenes narradores, y es incluido en antologías generacionales o identitarias, y habla con aplomo de los escritores en primera persona del plural, y muy pronto se hace jurado en premios y antólogo y dirigente de congresos, cada vez más en el meollo, en el centro, en el ajo».
A Jorge Luis Borges, con su vocabulario extenso, su sintaxis inmejorable, sus ideas claras y su conocimiento amplio, con una obra donde nada sobra, a él y a diez más se le acepta la palabra 'cosa', solo porque intuimos que la usan para acercarnos a su universo y no por dejadez o carencia.