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Creencias, fanáticos y estetas (II)


Ya, ya lo sé, que he empezado ese año con hiel y vinagre, pero los lobos no soltamos hasta que matamos… Así que… sigo con mi tema, porque el domingo pasado un amigo me dijo que me había quedado colgando un párrafo en mi anterior aullido, y que lo de las pegatinas religiosas en los carros daba para más. Como efectivamente da para más y a mi no me gusta dejarme nada en el tintero, (como decía ese gran conocedor de la naturaleza humana que fue Shrek, “mejor afuera que adentro”) pues aquí voy de nuevo.

La belleza es uno de los pilares en los que se asienta la frágil descripción de lo que denominamos ‘humanidad’ (digo frágil, porque hay muchos animales que aprecian y construyen belleza, así que deberíamos ir elaborando otra definición si queremos realmente diferenciarnos). La cosa es que desde el inicio, el ser humano busca la belleza. Los cánones de ésta son variables, pero sean cuales sean y haya pasado el tiempo que sea por ellos, desde las figurillas esteatopigias a las frágiles porcelanas Ming, desde Gilgamesh a Proust, podemos decir que nos gusta más o menos, pero todos reconocemos la belleza cuando la vemos. Ya sea en un bronce de Benin o en una tumba etrusca. Y por eso somos capaces de reconocer también lo que no es hermoso. Lo feo.

A veces me pregunto, rodeada de estupidez galopante y fealdad descarada por todas partes si los seres humanos estaremos involucionando. La sociedad actual cada vez está más inmersa en un mal gusto desaforado y eso incluye a la religión, a todas las religiones en general.

 

Antiguamente los creyentes se esforzaban en buscar lo más exquisito para ofrendar a sus dioses y toda religión competía con las otras en delicadeza, ostentación o belleza en lo simple, ya fuera en la música sacra, en los ornamentos o en los edificios. Hoy en día, cada templo moderno es más feo que el anterior. Después de ver Hagia Sofía, o la Mezquita Azul, o la catedral de León, entrar en un templo moderno es una bofetada al buen gusto. Cualquiera que conozca San Felipe Neri tiene por fuerza que vomitar al entrar en alguno de los galpones espantosos que dicen ser iglesias hoy en día.

Y me da igual que sean de un lado que de otro, las flores de plástico, las cortinas de ‘cierto pelo’ barato en colores chillones, las imágenes ‘quiero y no puedo’ de plasticucho ‘made in por allá lejos’ inundan todo en un maremágnum de espantosidad y chabacanería.

No te extrañes entonces, le digo yo a mi querido amigo vikingo, si esa fealdad impregna las almas de los que acuden a esos sitios. Yo tengo la teoría de que, si la contemplación de cosas hermosas te hace elevarte, la fealdad degrada tus pensamientos y tu lenguaje, ¡ahí lo tienes! Evangelistas que alaban a sus dioses con discursos que más parecen arengas. Con frases mal construidas y discursos chuecos. Sacerdotes que han perdido la capacidad de hablar correctamente, ya no en latín ¡ja!, ni siquiera en su lengua vernácula. Gentuza que se sube a un púlpito y con un micrófono en la mano acuchillan los oídos de los feligreses, que, igual de burros que ellos, ni siquiera reconocen las boutades que les están endosando a golpe de ‘¡aleluya!’

 

Creer en los dioses es algo más que decir su nombre en vano dos veces cada tres palabras. Creer en los dioses es tratar de hacer un mundo más hermoso para todos. Y cada vez vamos a peor. Pegatinas automovilísticas incluidas… ¡porque anda que no son feas ni nada!


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773702
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América