Una vez que pasó la vorágine de las fechas navideñas, con todas las alegorías religiosas consecuentes, me siento a teclear algo que tengo desde hace tiempo atorado en la garganta. Me cabrean sobremanera aquellos que creen tener a Dios, a cualquier Dios, de su lado. Me patean los higadillos. Sacan lo peor de mi (sí, ya sé que no hace falta mucho para ello, ¡qué le vamos a hacer!)
No tengo nada en contra de la fe. Me parece loable que alguien crea, en algo, en alguien, en lo que le de la gana y le satisfaga. Dios, o sin Dios. Ellos mismos consigo mismos. Ahora bien, tus creencias, sean ellas cuales fueran, no deben inmiscuirse en la vida de los demás. Eso es convivencia básica. A ver si nos enteramos, hermanos. Con la excusa de la libertad religiosa y el respeto a la creencias, la fe interfiere en la vida de los demás, vaya que si interfiere. Lo malo es que, cuando tratas de poner orden o los recriminas por lo que hacen, te tachan de Nerón. Pues denme un arpa, porque hoy tengo ganas de cantar.
Como muestra un par de botones: me cabrean los evangélicos que se toman la zona de la gasolinera de la Martín Sosa en Vía España por asalto, aparcan los buses donde les pica, paran los taxis donde les sale, y no se inmutan mientras hablan, rezan, alaban o lo que sea que hagan en grupos compactos en medio de la calzada. Enarbolan sus biblias como armas contra el pobre conductor que trate de pedirles que se muevan para no interferir en el tráfico. Lo peor es que los policías que a veces están apostados en la zona, sancionan a los conductores por tocar la bocina al lado de una iglesia, pero no sancionan al diablo rojo que hace una parada ilegal para dejar o recoger a los creyentes y que se toma todo el tiempo del mundo interrumpiendo el paso. ¿Será que tienen miedo a la cólera divina?
Pero los católicos hacen exactamente lo mismo, si lo quieren comprobar pasen cualquier día que haya culto por los alrededores de la iglesia del Carmen. Los coches que entran y que salen, los que tratan de aparcar y los que están recogiendo a algún fiel, colapsan el tráfico inmisericordemente. Estos no llevan biblia, pero me han gritado (verídico) ‘Ojalá Dios te castigue, atea’. Y yo que creía que creían en un dios de bondad, abundante en misericordia y tardo en la cólera. Pues va a ser que no.
¿Y los que pregonan sus creencias a través de los stickers del carro? Porque si eres creyente deberías ser el primero en comportarte, ¿no? Al fin y al cabo, la moral y la ética cristianas son las que supuestamente imperan. Pues no, compruébenlo ustedes mismos, los que llevan símbolos religiosos también pecan, hacen giros indebidos, se te tiran y no tienen la más mínima cortesía. Se creen los favoritos del Padre.
Los que están convencido de que Dios los tiene de su mano imponen su santo capricho a todos los demás sin compasión, y yo me pregunto, ¿me permitirían a mi, pagana irredenta, interferir en sus vidas en nombre de la tan cacareada libertad de cultos? ¿O es que solo es libertad de acción disfrazada de libertad de culto?
"Cuando soy débil, exijo la libertad en nombre de tus principios; cuando soy fuerte, te la retiro en nombre de los míos". Qué fácil debe ser vivir protegidos por un ente sobrenatural, mandando maldiciones a los que no se dejan pisotear en nombre de tu Dios.