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‘Creí que podría ganar en las cinco secciones’


Horas después de ganar tres de las cinco secciones del premio nacional de literatura, a Ernesto Endara se le ve y escucha como si nada hubiera pasado. Lo encontramos sentado, solo, en una mesa de Exedra Books, pero acompañado, como ha sido durante la mayor parte de sus casi 80 años de vida, de un libro.

Aunque su ingenio, su picardía y su prosa deliciosa tienen eco todas las semanas en esta, que es su casa, hoy le ampliamos el escenario después que el escritor de las cuatro “E”, como lo describió Ricardo A. Ríos, se apuntó tres premios Miró en una noche, lo cual es un récord, aunque él prefiera verlo como una emoción literaria.

La entrevista se hizo sin formalidades y sin grandes pretensiones. Así que, si buscan una conversación elevadísima sobre libros y autores, aquí no la encontrarán. Tampoco esperen que -como en otras oportunidades-, el entrevistado quede contra las cuerdas porque eso es casi imposible cuando se está ante un individuo que ha leído más de 4 mil libros y ha ganado más de quince veces el premio más importante de la literatura nacional. Lo que leerán a continuación es el resultado de algunas preguntas lanzadas al aire para que fueran atrapadas por “Neco” Endara e hiciera malabares con ellas. Así se le disfruta más.

 

¿Qué siente un panameño que no es boxeador, jinete ni pelotero con un récord como el que alcanzó esta semana en los premios Ricardo Miró?

Bueno, le diré que fui boxeador (en un abreboca de una pelea de Zefine con Olaciregui); también fui jinete (“Cubón”, un palafrenero del Stud Miura, me dejaba montar a la Golden Teacher, una yegua de tres pisos de altura) en Juan Franco. También fui el receptor del equipo de beis de la Náutica de Venezuela. En ninguna de esas actividades logré récord alguno. No considero “un récord” los tres premios Miró. En literatura no se trata de romper una marca, es solo una emoción literaria; no es una lid de fuerzas, es merecer el escogimiento subjetivo de algo inmaterial que conmueve el intelecto de los jueces.

Obviamente, que si no pensara que puede ganar, no presentaría sus obras al concurso, pero ¿imaginó que podría barrer en tres de las cinco categorías?

 

Permítame criticarle otra palabrita: “barrer”. Creí que para celebrar mis bodas de oro con el Miró (gané mi primer premio en 1961) podría darme la gran satisfacción de ganar, no tres, sino las cinco secciones del Miró, pero, como ves, solo gané tres.

¿Es decir, que participó en las cinco categorías?

Le confieso que sí.

 

Perdone que use tantos términos deportivos, pero los viejos amores no se olvidan.
Cuando anunciaron el segundo premio, ¿pensó en la posibilidad de la triple corona?

De la triple medalla, señor Egbert. Las coronas no me quedan bien, soy muy cabezón. Volviendo a su pregunta le diré que no estaba presente cuando declaraban los fallos. Si hubiera estado allá me hubiera delatado el hilillo de saliva resbalando por los labios y que en el Panamá de mi tiempo se llamaba “paletilla”.

¿Dónde y qué hacía mientras anunciaban a los ganadores?

 

Estaba en mi casa, comiendo unos trocitos de manzanas con mafá, en mi sillón favorito, mirando en la tele un resumen de los Juegos Panamericanos.

¿Cómo, quién y por qué medio se enteró?

Como mi mujer estaba dormida, desconecté el teléfono de la recámara y me llevé el otro portátil para tenerlo a mi alcance. Cuando sonó, pegué un brinco porque nunca estoy cerca de los teléfonos y nunca contesto el de la casa. Era la señora Aleyda, del INAC. Cuando se identificó, la confundí con Leyda, una amiga de la familia, y le dije que lo sentía mucho, pero Mili estaba dormida. Esto debe haberla desconcertado, pero insistió en hablar conmigo. Su voz sonaba melosa y ya me estaba pareciendo rara la cosa cuando descubrí que era A… A. Aleyda, y lo meloso de su voz era porque quería darme una buena noticia. Y me dejó turulato y sonreído cuando por fin le entendí que había ganado tres premios. ¡Vaya canela y venga gloria! Y pensé con malvada alegría: Tito Piedra se va a morir de envidia.

En los círculos literarios a usted se le tiene calificado como “el duro” en los premios Ricardo Miró.
Es decir, que siempre es competidor con posibilidades. ¿Está consciente de ello? ¿Siente alguna presión?

Nunca he sentido presión. Por el contrario, cuando he sido atacado literariamente, hago “shadow boxing” como César Young, y siento que me dan cuerda. Me gusta la polémica. Ya que no puedo ser el peleador de antes, puedo ser un discutidor con toda clase de mañas. Por otro lado, debo confesar que son más las veces que he fracasado en el Miró que mis triunfos. Y cuando ha sido así, se lo he dicho a mis vencedores, lo cual les da gran satisfacción.

Hace menos de seis meses en este mismo suplemento alguien cuestionó su calidad como escritor y lo calificó como diletante.
¿Se podría decir que en ciertas lides, la justicia no demora en dar su veredicto?

Me pregunto si ese triste ser humano entiende lo que es ser diletante. Admito que soy un diletante. No me basta haber leído unos cuatro mil libros tan variados (desde Ynodoro Pereira hasta la respuesta de Kant a Eberhard (porque no es inútil una nueva crítica de la razón pura), para sacudirme lo de diletante. Ya estoy muy cerca de mi final para ser ahora un especialista de nada.

“Un final feliz y otros finales” es el título de los siete cuentos que le valieron el premio en esa categoría.
¿Se trata de otra de sus ocurrencias o hay algún mensaje intrínseco en este título y su contenido?

Es solamente la ironía de los finales que, a veces, ¿qué digo?, a veces no, siempre son comienzos.

¿Usted como que se ha tomado a pecho aquello de que los panameños somos buenos “cuenteros” o cuentistas, para que suene más intelectual?

Cuenteros, eso somos, cuenteros, o sea, echadores de cuento, para hacer reír, para engañar, para enamorar, para burlarnos de todos y de nosotros mismos, para pasar un mal bocado o un resbalón, para asombrar a una mujer, para acomodar una torta, para todo un cuento, nada como un cuento. Hasta en sueños me sorprendo echando un cuento como cuando traté de engañar al espíritu Rimmon en uno de los cuentos de mi libro.

En la sección novela, ganó con “Viviendo de mis mentiras”.
Explíqueme eso.

El cuenteo de siempre. Vivir de mis mentiras es vivir de mis cuentos. Por eso, la novela comienza con una mención de Olga Guillot cantando “Miénteme”.

Sabiendo de su originalidad, ¿me imagino que no hay en esta novela la frase trillada de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia?

Es exactamente lo que nunca haré con mis escritos. Ya una vez le advertí a un amigo que no debía iniciar su novela advirtiendo tales cosas, porque los lectores, al menos yo lector, abro un libro y quiero creer que todo lo que allí se me cuenta es verdad. Voy a vivir, a tomar prestado el mundo que se me brinda. Y quiero que sea verdad. Si lo que imagino o sueño es parte de mi vida, es tan verdad como el apretón de manos de un amigo, o el beso a la mujer amada.

Hablar de ensayo es sumergirse en aguas un poco extrañas en nuestro medio.
¿Alguna primicia sobre “Una mente vagabunda”?

A ver qué le parece este párrafo que me salió al abrir al azar: «Pareciera que estoy en contra del ensayo como vía para llegar a la verdad. Pues no. Primero, porque a mi entender, los otros medios que reclaman perseguir tal fin, llámense religión, política, periodismo, parasicología, filosofía o ciencia, sufren de las mismas dificultades que cualquier ensayo para clavar su dardo en el centro de la verdad. Segundo, porque no hay ensayo que se respete que por todas sus esquinas –párrafos y guiones– y por todos sus rincones (sangrías, notas y paréntesis) no deje pequeños carteles en los que reconoce lo imposible que es aprisionar la verdad absoluta. Pero con todo y eso, el ensayo nace y muere con ese afán».

Cuando leí lo que seguía al párrafo, no pude contenerme y también se lo regalo:

«El ensayo ni odia ni ama, no se detiene en sentimientos. El ensayo es un signo de interrogación dentro de la cabeza. Pregunta y se contesta, busca, corre tras la verdad que se fuga en el caballo de la idea. A veces, hasta alcanza a tocarle la cola».

Oiga, ¿está consciente usted de que si sigue ganando tantos premios Miró, cada vez se empinará más la loma para los que son nuevos en el oficio y aspiran a ganar?

De ninguna manera, como ya le dije, son más las veces que me han vencido jóvenes talentosos que las que he ganado. Esto me recuerda lo feliz que me sentí cuando le gané a Chuchú (el extraordinario Chuchú, lo más cerca que he estado de un genio), y otra vez que le gané a Ramón H. Jurado y me pareció que ya había llegado a donde iba. Yo tenía 29 años.

A pesar de que su rodilla parece trajinarlo muchas veces, aparentemente usted no para.
Disculpe el atrevimiento, pero déjeme preguntarle esto: ¿Hasta cuándo don Neco?

Con la literatura es como con mi mujer: hasta que la muerte nos separe.


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745920
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América