Un sujeto con exceso de carnes y escasez de sesos llega a un comercio localizado en el alma de un barrio citadino. Estaciona su automóvil de tal manera que obstruye la salida de alguien que llegó antes.
Está semivestido o semidesnudo, depende de la perspectiva en la que se vea. Sobre su cuello cuelga una camisa, mientras exhibe media parte de su humanidad ante los transeúntes que seguramente prefieren quitar la mirada ante tan deprimente figura. Pero a él no le importa con nadie.
De inmediato se aproxima al mostrador y, literalmente, lanza la pieza de ropa como para intimidar al dependiente y hacerle ver a los presentes que él tiene prelación entre ellos.
Su aspecto es vulgar, su tono de voz demasiado altisonante para esas horas de la mañana, y sus gestos torpes, aunque él los considere impresionantes.
Alguien lo reconoce, o él reconoce a alguien. Comienzan un diálogo sin norte, hasta que su interlocutor le comenta que se había enterado de un conflicto que tuvo días antes.
Ahí, el sujeto de marras aprovecha para desvelarnos su identidad a quienes ignorábamos el porqué de tanta fanfarronería.
Para tal fin, sube los decibeles de voz y exclama: “Es que él no sabía con quién se estaba metiendo. Cuando te metes con el corregidor, te va mal”.
En ese punto comprendimos el porqué de tanta altanería y descubrimos que estábamos ante un fanfarrón que posiblemente nunca había tenido una responsabilidad tan importante en su vida. El típico caso del hombre que no prestigia el cargo. De esta historia hace más de dos años.
Fue fácil saber de qué corregiduría procedía semejante espécimen. Esta semana, lo volvimos a ver, curiosamente, en el mismo lugar, pero sin las ínfulas de antes. Decidimos hacer una llamada a la corregiduría en cuestión para saber quién está a cargo y se nos respondió con el nombre de una dama. Comprobado otra vez: la gloria es pasajera.