Cuando en el periodismo no tengamos personajes cimeros, emblemáticos, de esos que su sola personalidad los eterniza en el pensamiento y el recuerdo de muchos, habremos perdido la sensibilidad para admirar a quienes por años han inspirado a generaciones de periodistas.
Admiro y disfruto de la narrativa de Ryszard Kapuscinski, ese periodista polaco que supo, desde el primer día, que la ética era la razón de ser de hacer periodismo. No fue a aprenderlo a ninguna escuela de periodismo, tenía una convicción muy clara, dictada por su conciencia. Sus libros lo revelan apasionado por un ‘oficio’ como él lo llamaba, que dominó casi a la perfección: contar las historias que vivió en primera persona.
De esa generación es Hermenegildo Sábat, el “Maestro”, un montevideano nacionalizado argentino. Como lo dijera Alma Guillermoprieto, periodista mejicana y miembro del Jurado de la Fundación Nuevo Periodismo, cuando en el 2005 anunció el ganador del Premio “Homenaje”. “Sábat es un hombre excepcional, con una personalidad llena de humor e inteligencia, modesto, consagrado a su trabajo, con una conducta intachable frente al poder y una brillante carrera de 57 años, desde que publicó su primer dibujo en Montevideo”. Así es este periodista, que después de ser reportero, editor, abandonó todo eso para hacer lo que realmente le gusta: criticar con su pintura, arte que domina con maestría.
Sábat estuvo en Panamá como Jurado del Premio Nacional de Periodismo. Su personalidad: cálida, afable, de conversación amena y entusiasta, deja ver también, su espíritu retador y cuestionador de los poderes públicos, de todo lo que su visión de observador experimentado le sugiera que hay que decir una ‘palabra’.
Recientemente tuvimos ocasión de realizarle una entrevista vía electrónica, desde la que este bonaerense con su característica boina deja discurrir algunas valiosas reflexiones. Observamos que sus obras pictóricas exhibidas en Argentina y en otros países, siempre con trazos inflexibles, aunque sin textos, tienen implícita una crítica severa.
Sobre ese proceso intelectual y de observación que concluye con asumir una posición respecto a hechos, situaciones y personajes, y que se expresa de forma contundente en una caricatura o dibujo, Sábat dice que, “durante varios años ejerció el periodismo sin dibujar, esto le permitió observar y practicar esa profesión. Lo que hace no incluye palabras, y se dirige a una audiencia que admite esa posibilidad”. Y es que como ha dicho en otras oportunidades, Sábat sostiene que “la motivación principal es, o debería ser, generar situaciones visuales que tornen a las palabras superfluas”.
Pero hacer este tipo de periodismo le costó al maestro Sábat, en el 2008, duras críticas de la presidenta argentina Cristina F. de Kischner por una caricatura suya realizada por Sábat, y publicada en El Clarín. Le llamó cuasimafioso. Sobre ese tipo de críticas, Hermenegildo Sábat dice que “nadie está exento de críticas y hay que tener fresca la conciencia para ejercer autocríticas. Los tiranos siempre se sienten molestos, pero sus vanidades las superan”.
Hablando del poder de la imagen frente a la palabra escrita, Sábat parece meditar en voz alta cuando dice: “Aunque pueda parecer anticuado, creo que el periodismo puede influir de manera positiva e incluso educar a las sociedades. No ignoro que los medios gráficos, las radios y los canales de televisión son propiedades de empresas que no son necesariamente idealistas, pero las voces individuales sostenidas por conductas coherentes generan respeto, y por extensión, prestigio a quienes lo sostienen. Pero los valores de las palabras escritas palidecen delante de la televisión, que se guía por “ratings”, competencias feroces y niveles que subestiman la cultura y la educación. El enemigo lo tenemos en nuestras propias casas”.
Pero Sábat no sólo es exigente y crítico de quienes son líderes de opinión y tienen responsabilidades frente a la sociedad, también cuestiona la calidad del periodismo y de los medios de comunicación que cada día escriben la historia de la humanidad. Para el “Maestro”, “la gente que no tiene vida propia se alimenta de dudosas historias ajenas. El peligro reside en convencerse de que escribiendo esas historias se haga periodismo”.
Con la radicalidad que le ha caracterizado, Hermenegildo Sábat ha hecho siempre lo que su conciencia y su sentido más de ciudadano que de periodista le ha indicado. Así, durante el año de 1983 en que Argentina se enfrascó en una guerra por la recuperación de las Islas Malvinas contra Gran Bretaña, el maestro Sábat, en un acto que contradecía la tensión que se vivía en ese momento, se aventura a crear un taller de arte.
Pero, ¿por qué lo hizo? “Después de sucesivos años de dictadura, los militares decidieron una aventura destinada al fracaso invadiendo las Islas Malvinas. Entonces decidí abrir un taller no para enseñar dibujo o pintura, sino para reunirme con gente compatible y que tuviese ilusiones similares”. Dice que el taller está sostenido por el mutuo respeto; eso es lo que ha mantenido. Posteriormente se convirtió en una Fundación.
Sábat reconoce que cuesta sostener este Taller, materialmente hablando, pero nos ofrece la mayor de las satisfacciones: tratar con gente pura y sin desconfianzas.
Sobre la visión de Sábat sobre América Latina y las incongruencias de las decisiones que toman los ciudadanos al llevar al poder a líderes que terminan traicionando las esperanzas de sus electores, el ganador del Premio María Moors Cabot Award (Periodismo, Columbia University, Nueva York), dice que “los pueblos tienen paciencia y saben separarse de sus tiranos. Es una cuestión de tiempo. Esa película ha sido proyectada muchas veces y ha tenido mucho éxito. Cambian las caras, pero siempre se repiten los gestos, los caprichos y las obsesiones. Finalmente, las democracias ubican todo en el lugar merecido”. Y es que, pese a la fuerza y carácter de sus pinturas, Sábat es un creyente en los valores imperfectos, pero insuperables de la democracia.
Todas las mañanas su opinión gráfica ilustra las páginas políticas de El Clarín, en Buenos Aires, Argentina.