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Cuándo se desinfla la pasión

“El pensamiento no ha de ser privado del calor del deseo…” Spinoza Llegaron silenciosos los sepultureros. Sin intercambiar palabras se pusieron


“El pensamiento no ha de ser privado del calor del deseo…”

Spinoza

Llegaron silenciosos los sepultureros. Sin intercambiar palabras se pusieron en lo suyo con la piqueta y la pala (caray, que fúnebre suena esto). Apenas enterraron el amor se largaron, tan en silencio como llegaron. El deudo, único ser vivo a la orilla de la sepultura, con los ojos secos, contempló los efectos de la última palada sin pensar en nada. Tierra suelta. «De ahora en adelante», se dijo, «todo se convierte en sueño, o en recuerdo que es lo mismo.»

Los árboles –que igual duermen o mueren de pie–, cerraron sus verdes párpados y aprobaron el velorio solitario. El invierno, inmóvil en los odres de las nubes, impuso silencio a los pájaros. Por un momento, nuestro luctuoso pensó que en todo el planeta las aguas habían dejado de fluir. Pero la vida, atrapada en un estanque, se encargaba de desmentir a Séneca. «Me puedo bañar mil veces en estas mismas aguas», se confortó.

Todo duerme. La energía eléctrica sufrió un infarto de computadoras sin pulso y de chateos delirantes. En la cóncava parálisis de los sonidos la mariposa cayó desmayada –¿o borracha de flor?–. ¡Demonios, qué inmovilidad! De pronto, la burlona luz del entendimiento, lo volvió filósofo: «El estaticismo es uno de los disfraces de la eternidad». Los sentimientos, ahora blandos y perezosos, se acuestan, bostezando. No tienen la menor idea de lo que podrían hacer con el bagazo de energía que les queda. Nada, pues, como cualquier viejo con dolor de muelas, se mecerán indolentes en la hamaca del cerebro.

¿Oye, pero qué pasó con la magia? Le pregunta el subconciente. Para contestarse acudió al librero de su memoria y extrajo de El amor en tiempos de cólera una de las citas que celosamente había guardado: “Una noche –Fermina Daza– regresó del paseo aturdida por la revelación de que no sólo se podía ser feliz sin amor sino también contra el amor.” Ah, las cosas de este Gabo.

Echó una última mirada a la fosa y le habló: Dejaste intacta

mi vida, sin baches y sin sobresaltos. Aburrida ¡Qué remedio!

Le molestó que podía sonar a despecho. Y la verdad es que está sumido en la idiota indiferencia. ¡Un momento! Como nadie es inmune a la nostalgia, cuando menos lo espere, recordaré al lento caracol que se perdió con ella en la playa.


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958093
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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