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Cuando se vive torcido hay que trabajar derecho

El juez Robert Cates conducía hacia los barrios bajos de la ciudad donde encontraba la felicidad una vez por semana. Iba ilusionado, allá lo esperaba el amor.


Lupita Quirós Athanasiadis (Escritora) / Escritora

El juez Robert Cates conducía hacia los barrios bajos de la ciudad donde encontraba la felicidad una vez por semana. Iba ilusionado, allá lo esperaba el amor. Dentro de poco se jubilaría y contaría con tiempo para hacerlo con más frecuencia. Claro que debería inventarle otra coartada a su esposa, además de: “todos los martes juego al poker en el club”. Ya pensaría en algo, por ahora le urgía llegar al barato motel donde alquilaba un cuarto para darle rienda suelta a su pasión.

En otro lugar de la ciudad, Paul Valdés, apodado “el Boss”, estaba llevando a cabo su estrategia con minuciosidad. Desde allá controlaba, haciendo uso de toda la tecnología moderna, a media docena de hombres involucrados en conseguir la evidencia que salvaría a su hijo de pudrirse en la cárcel. A “el Boss” se le reconocía su liderazgo en el mundo de las drogas debido a que tenía cánones fijos que lo escudaban en un estatus inalcanzable a la ley, mismos que su hijo no obedeció. Entre otras cosas, le había aconsejado no vestir como narco, ni enredarse con ninguna mujer del negocio y éste no le hizo caso. Se ataviaba con cadenas de oro al cuello, medallas de la Virgen, sombrero Borsalino, camisetas heavy metal, chandals caros, zapatillas Adidas o Nike, jeans descoloridos y de buenas marcas con fajos de billetes en el bolsillo trasero. Además, lo agarró la policía cuando ésta entrenó a una guapa mujer que se hizo pasar por compradora de droga en gran escala para Las Vegas, y el chico pendejo, dijo el padre, “metió la polla en la olla”.

Así estaba el asunto, pero el juez debía dar su veredicto el jueves y, aunque el joven llevaba todas las de perder a pesar de tener a los mejores abogados de Manhattan, Valdés todavía creía tener un as bajo la manga.

La noche del miércoles, se vistió de frac para asistir a una elegante cena de beneficencia a la que por anticipado sabía que asistiría el famoso y honorable juez. Cuando se levantaron de sus asientos después de aplaudir al orador, “el Boss” se acercó al juez y éste, que ya lo había visto en la corte, le advirtió con una sonrisa:

?Debe saber que nunca hablo de los casos profesionales fuera de la oficina; es mi regla. Es más, mejor hábleme de las suyas, dicen que lo han hecho famoso ?añadió con ironía.

?De acuerdo, le contestó Valdés. Tengo una que dice ?y le volteó la frase? que cuando se trabaja derecho, como usted lo hace, no se puede vivir torcido. ?Y le asestó una mirada penetrante.

?Disculpe, pero no lo entiendo.

?No hace falta que me entienda. Lo verá y oirá todo en este vídeo grabado anoche ?le dijo mientras se lo entregaba. Y escuche un consejo: falle mañana a favor del muchacho. Usted ha hecho una carrera muy digna para que ahora su esposa, hijos y el mundo entero, lo vean así por Internet.

Hizo ademán de alejarse, al mismo tiempo que al juez parecía que iba a darle algo; la calva y toda su cara estaban rojas y las manos le temblaban, pero resultó más visible en aquella con la intentaba deshacerse la corbatita del frac.

? ¡Ah! Se me olvidaba… ?dio vuelta y embistió “el Boss”? Le pienso enviar un regalo cuando se jubile. ¿De qué color les gustan las flores a los maricones?


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América