Entre los autores, particularmente los narradores, no conozco a otro que se tome más en serio la tarea que nuestro convidado. Riguroso, metódico, selectivo, se enfrasca con los conceptos y la intencionalidad que le demandan personajes, no necesariamente fáciles de digerir, y lo expresa con suficiencia y holgura, mientras van creciendo, configurándose entre la ambigüedad y la certeza.
El autor de “Cuentos con salsa” y de “El niño que tocó la luna” dibuja espacios y cuerpos para vestir la invisibilidad. Wynter nos quiere obligar al compromiso con el prójimo, a reconocerlo en medio de un mundo que se empeña en mirar para otro lado, una sociedad que se niega a darse cuenta de que ocurren cosas alrededor, cosas que nos competen a todos como individuo.
Su afán aparece y se desnuda, pero no se fuga, en cada una de sus entregas: “Invisible”, “El escapista y otras fugas”, “Desnudo y otros cuentos”. Wynter nos revela a un autor ingenioso. Su excelente ejercicio de síntesis es su principal herramienta de trabajo.
Cuando me enfrento a un texto, lo que busco de entrada es el relámpago del principio, sin ese requisito, no traspaso el umbral de la lectura. La primera y principal instrucción del maestro Quiroga: “a buen principio no hay mal final”, Wynter la hace suya.
Si pasara por esa puerta de fuego, lo que busca mi sed es la artesanía del lenguaje: transparencia, corrección, especificidad... Nada sobra, nada falta, el juego de sustantivos y sustantivos en medidas cuotas.
Si el autor me da la oportunidad de identificarme con la fábula, la anécdota, la historia que desgrana, me instalo en la lectura, porque me está convirtiendo en parte de su universo. Y si de paso me mantiene en vilo, durante el viaje, me estará ganando para su causa… Cuando la imaginación y la creatividad se lanzan al vacío, salto con ambas para identificarme plenamente con el autor.
En Carlos Wynter hay un narrador inquisitivo, que con un puñado de arena y pulidas palabras, amalgama su sensibilidad para que nos miremos en un mismo espejo… Porque para leerlo (a Carlos Wynter), quien se desnuda y se escapa y nos dedica “sus mejores pregones” con su prosa, hay que tener los ojos mojados en el espíritu de búsqueda de aquel que mira más allá de los paisajes para acercarse a las tristezas y a las alegrías del prójimo.