Panamá, a partir de 1952, con la muerte de Remón, inició una espiral de violencia que, si no somos capaces de detener, se puede convertir en un problema grave como ha ocurrido en otros países. Observo cómo distintos estamentos de la sociedad contribuyen a este mal: los medios enfatizan en el morbo, creando un jugoso caldo para el cultivo de rasgos de personalidad impulsadores de violencia; las pugnas políticas que arremeten con campañas hostiles y sucias; las famosas manifestaciones “pacíficas” en las que las hordas, cual pirañas humanas, agreden, destruyen los bienes ajenos y le hurtan a la población indefensa; las populares murgas de las calles arriba y las calles abajo que en un principio fueron agresiones verbales contra las “reinas” y que últimamente se han convertido en ataques furiosos de odio; el talante malévolo de las controversias en las que los oponentes se insultan mientras cantan; en fin, nuestra nación culturalmente es violenta. Por eso, urge la creación de un plan educativo que enfatice en la paz para evitar que la alegría de un pueblo se convierta en algo despreciable.
La violencia conlleva un ciclo que va en aumento progresivo: se inicia con el menosprecio, le sigue la ofensa mediante la agresión verbal y por último el ataque físico. De los ejemplos mencionados, todos han llegado a la máxima expresión de la falta de cultura y ausencia de convivencia pacífica. Lo más triste es que la mayoría de estos casos nacen de nuestro folclor.
Un folclor que recuerda al circo romano donde la violencia es la diversión, donde la diatriba ameniza la fiesta, donde la mayor ofensa a la dignidad de la mujer, de la familia, representa a la mejor tuna, y lo más llamativo, a pesar de todo esto, todas las tableñas aspiran a ser reinas.
No quiero ver el futuro de mi nación de manera negativa, pero los últimos hechos acaecidos en Panamá me indican que ya hemos pasado el límite de la cordura, y la gente está dispuesta a irse a las manos, y no solo para dar golpes, sino para empuñar un arma contra otro panameño.
Pienso en el periodo electoral que se aproxima y un miedo increíble se aloja en mi estómago y me pregunto: ¿hasta dónde llegaremos?
Ojalá la fuerza y la destrucción física y moral no imperen y que todos luchemos por una cultura de paz.