Durante la época colonial, el territorio que hoy ocupa la provincia de Darién tuvo un intenso tránsito de naves, gentes, científicos, aventureros, piratas y filibusteros. En el siglo XX sólo quedó el registro de una región inexplorada, lejana, exuberante y misteriosa. En las últimas décadas de esta centuria, se empezó a consolidar un escenario de varios mundos diversos, con sus culturas específicas.
Una lenta colonización de campesinos de otras regiones se posesionó de tierras adyacentes al trazo de la carretera; más atrás, fueron quedando los indígenas a lo largo de los ríos, en la espesa selva y, en las costas, la población negra con sus recuerdos de persecución y esclavitud.
Pocos centros poblados; lejanos entre sí. Ejes distantes que impidieron históricamente construir una noción única para identificar al darienita. Paya y Púcuro por un extremo; Sambú y Pavarandó en la selva. Los poblados costeros de Jaqué y Garachiné. Yaviza y El Real, puntos referenciales en la ruta fluvial; mientras que Santa Fe y Metetí consolidan y asientan a la migración a buena distancia de la cabecera, La Palma, en el estuario de los ríos.
No es fácil viajar a Darién y juntar en el recorrido estos puntos. Ir de Metetí a La Palma supone navegar el río Iglesias, igual que hacerlo de Yaviza o El Real por otro brazo ribereño. Hay que salir al mar para dirigirse de la cabecera provincial a Garachiné o entrar en las peligrosas aguas frente a Jaqué y Puerto Piñas. La enmarañada selva, los potentes ríos, la inclemente lluvia y el barro, son factores a tomar en cuenta en esta realidad.
Pero también Darién es un escenario donde las poblaciones han guardado celosamente sus valores históricos y por tanto culturales que apenas se conocen. Por esa razón, Consuelo Aurora María Tomás Fitzgerald, escritora, Sandra Eleta, fotógrafa y Ologwagdi, diseñador gráfico, emprendieron una travesía por estos mundos y prepararon un hermoso documento denominado Darién: libro de viaje.
Esta obra fue editada bajo los auspicios de la Autoridad Nacional del Ambiente (ANAM) y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) con la finalidad de establecer un diálogo con esas culturas que se desarrollan en esta provincia selvática, donde existe una realidad “que se niega a perder su identidad y lucha por cambiar esa imagen única que vive en el imaginario colectivo y que solo habla de un Darién atroz, peligroso e inaccesible”.
El libro es una manifestación editorial de un formato muy meticuloso; más bien horizontal, con la finalidad de que sus fotografías expresen de una manera más real lo insólito del paisaje, los ríos caudalosos y lo contrastante de su geografía con la ternura de un niño, por ejemplo, o la sinuosidad de una bailadora de bullerengue, así como el colorido de un enrejillado balcón de madera contra la pared machimbrada de un caserón tradicional.
Pero también el artista Ologwagdi ha dedicado trazos para registrar los rostros de la población indígena que aparece en el libro como protagonista de la vida cotidiana. Pese a que las fotografías dejan constancia de la belleza del colorido de las vestimentas y accesorio aborigen, que toma inspiración de la pigmentación natural en la selva y ríos; el pintor deleita con sus tonos violetas, rojos tenues y ocres para advertir variantes en estos lugares.
El texto narra las sensaciones de los diferentes pueblos que dan sentido a la realidad darienita en los puntos diferenciados de esa agreste geografía; “La carretera era una cicatriz en el mapa...” nos cuenta Consuelo. Con esa desenvoltura que le es característica, el recuento une o teje las ideas que nos posibilitan el viaje imaginario a los lectores que no hemos participado en la experiencia y nos involucra en su ingenioso recorrido.
Gente, lugares, expresiones, sensaciones, musicalidad podemos percibir en el texto. Igual sucede con la brisa cuando empuja o mece las ramas, hojas y flores de los árboles o el rumor del río cuyas aguas dan sentido al escenario de los grupos humanos; al transporte de gente o a la carga de madera, ñames, plátanos y aguacate que bajan y se mueven como cabotaje hacia los núcleos mercantiles de la ciudad.
Imágenes del trabajo, el juego infantil, los ritos religiosos, la cadencia de la música en sus diferentes manifestaciones, todo esto tiene cabida lógica en un documento de ciento veinticinco (125) páginas que al concluir, nos deja con la agradable sensación de una travesía de varios mundos que confluyen en esta tierra darienita; así queda plasmado en la última fotografía que nos deja ver a tres niños, uno negro, una indígena y otro campesino.