Nos reunieron en ATLAPA, al pensativo son de la Feria del Libro. Sin tocar tambores, sin soplar vuvuzelas. Lo que menos necesitamos es bulla. No somos especie en peligro, no pedimos protección. Fue claro el mensaje: Las tribus de lectores crecen.
No importa cómo llenas tu carcaj, con flechas gastronómicas, o científicas; o pequeños dardos infantiles, o grandes flechas de ficción; o agujas con sabor a medicina o de cera con olor a incienso. Aborígenes del país de las letras, nos conocemos con sólo mirarnos. Estamos unidos por el ejercicio de la lectura, el camino más fácil para aprender a pensar.
Tras armarme con letras sin pólvora, más poderosas que las rastreadoras de sangre porque son municiones diamantinas: Carver, Piglia, Vonnegut, Bukowski, Cohen, Tabucchi y Vila-Matas, recorrí lentamente la cordillera de frases, poemas y palabras de Benedetti que levantaron en el vestíbulo. Me detuve ante las monumentales fotos y muestras de su arte. En susurros me pareció oírlo: «Usted sabe que puede contar conmigo». Luego subí al salón “Las Cestas” donde escritores uruguayos (Tomás de Matos, Fernando Butazzoni y Rafael Courtoisie) y una panameña (Itzel Velásquez) conversarían sobre Benedetti. Esa tarde, en fresca intimidad, pude redondear la imagen que ya tenía de Mario.
Conocí a Mario Benedetti el siglo pasado (patinaba 1974). Éramos jurados del Miró, él en Novela, yo en Teatro. A las once ya habíamos finiquitado ese asunto. Me acerqué al poeta y le dije: «¿Qué tal una cervecita?». Y me contestó como solía hacerlo Sinán: «Me parece muy bien». Y fuimos a parar, no sé cómo, al barcito del Hotel Lux (quizá porque estaba cerrado “Lo dudo” de Rolando).
No tienen idea de lo sabroso que fue arreglar el mundo trago a trago con el gentil Benedetti. Por ahí cayó “Chito” Martínez y nos acompañó en parte de la jugosa jornada. Luego apareció el doctor Bolívar Dávalos y también lo jumamos. En un bar cerrado, con buena iluminación y mejor conversa, se pierde la noción del tiempo. Pero los relojes cuelgan por todos lados. ¡Diablos! eran las nueve de la noche. Tomamos un taxi y fuimos a la casa de Jaime Ingram, Director del INAC, que daba una fiesta por el Miró. Caminamos apoyados uno en el otro, pero al entrar los humores etílicos se evaporaron. En un momento hablé con Mario y pregunté: «¿No estábamos borrachos?» y me contestó: «Sí, cuando éramos autores, ahora somos personajes».