Estoy un poco hartita de oír exabruptos contra los extranjeros. Al parecer en este país se olvidan demasiado rápido de que los abuelos (iba a escribir los padres, pero permitamos el beneficio de la duda de las dos generaciones…) de la mayoría no nacieron aquí. Lo cierto es que si no eres panameño y osas venir a vivir aquí tienes que aguantar bufidos, malas caras y alusiones veladas, o no tan veladas, a tu inmenso atrevimiento. Como si estuvieras profanando el sagrado suelo patrio con tus pies profanos. Es muy fácil echarles la culpa de todo a los bárbaros que según algunos vienen a arrasar con lo que pertenece por derecho a los que han nacido aquí.
Los extranjeros no son bien venidos (o por lo menos la mayor parte de la gente no se lo demuestra) más que como visitantes. Aceptamos que vengan a gastar dinero en los centros comerciales, pero incluso en ese caso, se les muestra bien a las claras que les estamos haciendo un favor atendiéndolos. Estoy generalizando, vale, pero no exagero ni un poquito. Y, por poner un ejemplo, cuando alguien que no es de aquí trata de ir a cenar a su hora habitual, las diez de la noche, los responsables del restaurante, en muchos casos, lo mirarán como a algo desagradable pegado en su zapato. Los extranjeros en Panamá se encuentran con un poco disimulado rechazo casi siempre, y la cosa empeora si lo que pretendes es buscar trabajo.
Convendrán conmigo en que la frase esa de que Dios es panameño es cierta. Pues bien, cuando a alguien se le ponen las cosas demasiado fáciles, se cree que tiene derecho a todo. Los niños demasiado consentidos son el mejor ejemplo. Exigen como si fueran los amos y señores de su universo. Y si no los complacen inmediatamente montan pataletas y se ponen morados de tanto llorar, hasta que los blandos progenitores acatan sus caprichos. En las áreas remotas del país se necesitan médicos. Esa es una verdad incuestionable. Y los que salen de la escuela de medicina no quieren ir a Boca de Cupe, a Sieyick o a Lagarteros. Lejos, apartaditos, retirados de la buena vida que se disfruta en la capital. Si una mujer tiene un mal parto en Rio Mogue la montan en una lancha y ha de pasar un infierno hasta llegar a donde haya un ginecólogo, si es que llega. Claro que los ginecólogos en la capital se dan el lujo de programar cesáreas para que las parturientas no les jodan los fines de semana.
Eso es injusto y todos lo sabemos. Pero a ver quién acepta irse a vivir a Rio Mogue. Los médicos que quieren impedir que se contraten a extranjeros están buscando proteger sus predios sin pensar que, si ellos tienen derecho a negarse a ir a vivir a ciertos lugares, la sociedad tiene derecho a contratar a aquellos que sí estén dispuestos a hacerlo. Si acaba de picarte una víbora te importa un carajo que el que te atienda sea panameño, alemán o marciano. Lo que necesitas es que sepa lo que está haciendo y que te asegure que todo va a ir bien.
Pero esperen, que ahora le toca la piedra al gobierno: las infraestructuras de salud y de acceso al interior del país son espantosas. Eso no se puede negar. Si deseamos que el país se desarrolle más allá de Punta Pacífica, debemos descentralizar para que irse a vivir a Miguel de la Borda no sea una condena al ostracismo. ¿Que no saben dónde queda Miguel de la Borda? Ajá, ese, exactamente ese, es mi punto.