“La patria rumorosa, la música sabida...” Ricardo Miró
Las leyendas nacen libres y cada pueblo tiene el derecho de aceptarlas o no. Nunca pensé en crear una, pero el nombre Panamá merece su leyenda. Lo intenté con la obra “Donde es más brillante el sol”. No se ha montado, nadie lee teatro, por lo tanto permanece en pausa, esperando la voz del escenario.
El caserío que encontró Pedrarias en el sitio donde fundó la primera ciudad de Panamá se llamaba así por el árbol. El Jefe de la pequeña aldea enterró a su mujer bajo un árbol Panamá a quien ella cedió su nombre. Copiaré parte del monólogo de ese hombre, anciano, hablando al árbol que cobija el cuerpo de su amada:
«No hay lugar en la ancha tierra donde brille más el sol... No creas que me quejo. Al contrario, es el mejor sitio para vivir. ¡Ay, Panamá, qué falta me haces! No acepto que duermas fuera de mis brazos, aunque estás cerca, bajo este señor, que fue nuestro primer hijo... Ahora es él quien te cuida. Sus brazos llenos de hojas protegen tus huesos del sol calcinante. Y sus raíces... dime ¿son suficiente abrigo para el frío de la madrugada? Espero que sí. Soy yo quien no tiene abrigo posible. Sin ti estoy desnudo en la sierra... Tú allá abajo, yo arriba, esto es soledad. Nadie como yo conoce tanto la soledad. Quiero a mi descendencia, pero siento escalofríos de que alguno adivine que el mío es un amor muy gastado... por lo mucho que te amé. ¡Allá van! Cantando, bailando y riendo, igual hicimos tú y yo. Si los pudieras ver. ¿Qué digo? Cómo no verlos desde tu verde atalaya. Los hijos de tus hijas. Los ves: trepando caimitos; recogiendo redes; silbando como turpiales en el denso mediodía y tragándose de un bostezo el ocaso rojo. ¡Claro que los ves! ¿Y a mí? ¿También me puedes ver, no es así? Mírame, mírame bien. Sé que en el centro de las ramas están tus ojos. Mírame, Panamá. Cuando contemples a este viejo feo no te arrepientas de haberme amado... No te asustes con este gallinazo sin alas; este iguano sin cola, esta sonrisa sin muelas... Recuerda que todo lo gasté contigo. Juntos derrochamos la vida que nos dio la vida. ¡Mira, dos cuacos vuelan sobre las olas, ¿adónde irán?...»