No suelo tener buenos despertares. Si el ser humano ya ha logrado mandar robots a Marte deberían haber podido inventar algo para no tener que empezar el día levantándonos de la cama. Pero si, encima de tener que poner el pie en el suelo, cuando llego a la cocina por mi litro de té para ver si espabilo, me encuentro en la televisión con determinadas cosas, ahí sí que se me revuelve el día completo.
Colón. Parece increíble que a estas alturas del siglo, y en un país que pretende dar ejemplo de progreso, la segunda ciudad más importante del Estado esté como está.
Cuando hace años llegué a Colón por primera vez, me quedé extasiada. Era una cápsula del tiempo, edificios absolutamente hermosos, un trazado impresionante, y el Caribe abriendo los brazos a la vista. En mi ingenuidad de principiante en esta tierra, creí que lo de la amenaza de ruina era algo que se solucionaría en cuanto el país empezara a despegar. Casi veinte años después lo único que siento cuando llego a Colón es desesperanza. Lo triste es que el problema de Colón (pero no solo de Colón) es la falta de cerebro. Una vez más la ignorancia, la estupidez y la incultura destruyen aquello que es herencia de mis hijos y los suyos.
Los gobernantes, todos los que ha habido, se han regodeado en la miseria de los colonenses, saben que un pueblo hundido en la búsqueda de las necesidades básicas no piensa en exigir. Alguien a quien tienes agarrado por las pelotas no se molesta en pedir que lo beses para que duela menos la deslizada.
A pesar de lo que creen algunos iluminados, los derechos de los que hoy gozamos surgieron cuando surgió la burguesía. Cuando los burgueses tuvieron asegurado su sustento, su vivienda y la comida de sus hijos, entonces reclamaron más. Los que piensan que algún derecho ha sido nunca exigido por los pobres están muy equivocados. Las libertades son burguesas, y los libertadores, miembros de las clases que viven bien.
Por eso es peligroso para los tiranuelos permitir a la clase media que medre. Es bueno para ellos que haya pobres, masas de ignorantes que solo buscan tener un pavo en la mesa en Navidad, aunque eso signifique vender su alma al diablo.
Mientras la ignorancia siga creciendo, y los ciudadanos no entiendan que han de ser ellos los que exijan lo que se merecen y dejen de creer que lo que les dan es un regalo, y no un soborno, seguiremos como estamos.
Los colonenses, y el resto de la ciudadanía de éste país, deben entender que para poder exigir no debemos esperar regalos. Pagamos impuestos, reclamamos que se usen en lo que se debe. No aceptamos coimas, nuestro voto tiene valor por sí mismo. Yo te puse en el puesto, trabajas para mí. Y sí, recibir regalos de Navidad de parte de depende quien, se considera soborno.
Los que gobiernan saben bien como cerrar bocas con pintura y bicicletas. Y los imbéciles de los padres están enseñando a sus hijos a continuar la tradición de pedir miserias para continuar en la miseria.
La restauración de Colón es necesaria, pero es más necesaria la restauración de una dignidad perdida hace muchos años. Que te regalen una casa no es justo con aquellos que hemos tenido que luchar para tener la nuestra. Lo que hay que exigir es que tú tengas las oportunidades para poder conseguirla. Mientras te den la casa y la bicicleta, pero te nieguen las posibilidades de lograrlas por tus propios medios, nada en este país cambiará.