E ntre las muchas virtudes que tenemos los panameños no hay duda de que la hospitalidad es una de ellas.
De ello pueden dar mucha gente que a través de todas la épocas han sido abrazados como hermanos y le hemos dado cabida aquí para que trabajen, levanten sus familias y construyan sus sueños.
En ámbito hípico también ha imperado la regla de la hospitalidad y se le han abierto las puertas a jinetes, entrenadores, propietarios y otros profesionales del turf.
Y, aunque en la mayoría de los casos, nuestros coterráneos no reciben un trato recíproco, hemos mantenido la tradición de abrirle las puertas a quien llegue a tocarla.
Pero que no se confunda esa hospitalidad y esa vocación de cooperar, con el desapego a las leyes laborales y migratorias, ni a la reglamentación hípica.
Hace meses las autoridades hípicas, con la intención de cooperar con el espectáculo y con la empresa administradora, dieron permiso a un par de jinetes venezolanos para actuar en Panamá en calidad de invitados y condicionados a que se pusieran en regla en un periodo razonable.
Por razones que ellos conocen mejor que nadie se durmieron en los laureles, mientras empezaron a hacerse sentir voces que cuestionaban su status.
Ahora que les cayó lo que se veía venir no faltan los necios que quieren hacer ver que se les está persiguiendo, cuando en realidad se les ha dado toda la oportunidad de mundo.
¡Que fastidio!