Cuando la brasileña Ana Luíza dos Anjos Garcez corrió su primera maratón tres años atrás, lo hizo con un par de zapatillas Adidas robadas. Ni siquiera se acuerda de cuántas veces se desmayó en el trayecto mientras inhalaba el pegamento que llevaba en una bolsa, pero seis horas después cruzó la meta, agotada y decidida a dejar las drogas y la calle, donde había vivido por 16 años.
Mañana, domingo, Garcez, de 37 años, representará a Brasil en la maratón de Nueva York, donde espera convertirse en una luz de esperanza para millones de niños de la calle de su país. "Quiero mostrarle a los chicos que ellos pueden ser la próxima Ana Luíza, que hay una salida a la calle", dijo la ex adicta convertida en atleta, de 1,51 metros de estatura. "Tal vez si comienzan ahora, serán mejor de lo que yo llegaré a ser".
Pese a que conquistó 42 trofeos de atletismo en tres años, Garcez dice que a su edad no llegará a ser una corredora de renombre, pero espera que su historia sirva de ejemplo a otros. "No soy una campeona de las pistas, soy una campeona contra las drogas", afirmó orgullosa en su modesto departamento.
La diminuta Garcez ha estado sola desde que se acuerda. Cuando bebé fue abandonada en una caja de zapatos sobre las escaleras de un centro de detención juvenil en un suburbio de Sao Paulo, donde permaneció hasta los 18 años. Durante los 16 años siguientes, Garcez vivió bajo los puentes y en los parques donde fumó crack y marijuana, inhaló pegamento y hasta gasolina para mantenerse caliente y en "onda".
Pero "la liviana", como le decían, también aprendió a correr. "Siempre andaba huyendo de la policía, me les arrancaba", dijo mientras hacía el gesto de correr para ilustrar el relato. "Me quitaba los zapatos y los dejaba botados". En 1996, a Garcez se le ocurrió darle otro uso a su habilidad. Estaba en una vereda frente a una tienda de televisores cuando comenzaron a pasar la película "Carros de fuego".
"Yo sólo pensaba "qué bonita, qué linda música", y comencé a llorar. Decidó que yo también quería correr", recordó. Unos amigos robaron los zapatos, el pantaloncillo y el dinero para que Garcez entrara a la renombrada maratón de San Silvestre, que se corre cada último día del año en Sao Paulo.
Después de su primera y desastrosa experiencia atlética con el pegamente, decidió dejar las drogas y encontró el apoyo de patrocinadores que la vieron en televisión durante las carreras y se sintieron atraídos por su fogosa personalidad.
En julio, las autoridades de la ciudad de Sao Paulo le dieron una casa, alimentos, asistencia sicológica y entrenamiento físico, con lo cual mejoró su rendimiento.