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De las palabras y los oficios


Usted y yo somos los principales agentes modificadores de la lengua; el diccionario dicta normas, pero se nutre del pueblo y este, finalmente, es quien tiene la palabra. Los regionalismos identifican tanto a un hablante como su cédula o su pasaporte. Los sociolingüistas, que se ocupan de las influencias del medio en el modo de expresarse de un individuo, tienen entre manos un tema muy interesante.

El vocabulario asociado con los oficios (tecnolectos) y, por extensión, con las aficiones (por ejemplo: la jerga deportiva) marca el habla nacional o regional. En Panamá encontramos numerosos ejemplos de palabras que pueden pasar por panameñismos, aunque algunas surjan de la lengua estándar y de lo que hacemos.

Acabo de leer una interesante novela del estadounidense radicado en Panamá, Robert Apold, titulada “El Sage”, en donde se cuenta la historia de unos aventureros que se embarcan en California para llegar al viejo Camino de Cruces (desandando la ruta histórica de la Fiebre del Oro) atraídos por el cebo de un tesoro oculto bajo la selva desde la época en que los piratas hostigaban las caravanas de mulas que acarreaban los tesoros de la Corona Española. Apold, jubilado en el Canal, usa sus conocimientos técnicos sobre navegación como telón de fondo para una aventura en la que hay ambición, persecución policial, algo de sexo, cervezas Panamá bien frías, mucho oro y una tragedia en la vía acuática.

 

A esa jerga marinera que contextualiza la obra de Apold, debemos muchas expresiones que son cotidianas entre nosotros. Tales palabras llegaron en boca de los primeros conquistadores, los que arribaron en grandes barcos, y aquí las dejaron. Hoy, cuando una empresa obtiene ganancias, su gerente podría decir ante los socios que esta va “viento en popa”; pero, si el caso es contrario, anunciará que, luego de varios meses “a la deriva”, o “al garete”, ahora están a punto de “zozobrar” o de irse “a pique”, y les pedirá que no cunda el pánico “porque después de la tormenta viene la calma”.

Por su parte, si algún socio molesto le grita al gerente que su diploma de magíster es “pirateado” y que los engañó con sus “cantos de sirena”, e intenta estrangularlo mientras lo llama “pez gordo” de la mafia, uno de sus pares podría reprochárselo diciéndole luego que “mostró el cobre”, refiriéndose al óxido evidente sobre los lustrosos metales del navío cuyos marinos eran negligentes. Y la bella secretaria, viéndose en aquel maremágnum, quizás lamente haberse puesto su mejor “blazer”, prenda que debe su nombre al navío británico en que se ordenó su uso como parte del uniforme de la tripulación, a mediados del siglo XIX.

Y para rematar, si el gerente, ante lo inevitable, presentara allí mismo su renuncia, mandando a todos “para el carajo”, habría aludido a una parte del barco que, dice la leyenda, se colocaba a modo de canasta en la punta del mástil de los navíos españoles coloniales, para desde allí vigiar los alrededores. Tanto mareaba la permanencia en ese sitio, que ocuparlo se consideraba un método de castigo y de oprobio, por lo que hoy tal expresión sigue teniendo una connotación ofensiva.

 

Aún más, si usted lee esto, no en la edición de papel con su vistosa ilustración, sino luego de navegar hasta el sitio en Internet de este diario, formará parte de los “cibernautas” que desde cualquier parte del país o del mundo acceden a Día D, remedando el nombre latino del marino (nauta).

No se echa el ancla aquí, surquemos la semana y hasta el domingo.

Que la palabra te acompañe.


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470479
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América