Las costumbres, los oficios, son elementos modeladores del lenguaje, decíamos en la columna anterior. Panamá, rodeada por dos mares, colonizada por marineros, no escapa de esa realidad, decíamos al repasar varios aportes provenientes de la marinería.
Las aficiones, entre ellas las deportivas, hacen su parte en nuestros modos de expresión, y se han aclimatado tanto en el vocabulario nacional que su origen ya parece irrelevante. En el ámbito coloquial, al que suelen acogerse nuestras figuras públicas para ganar simpatías, un funcionario podría quejarse de que perdió el puesto porque sus subalternos le “metieron un gol” (fútbol); ellos tratarán entonces de “anotar puntos” (baloncesto) con el nuevo jefe, aunque su colaborador de mayor confianza debió “ir por fuera” (hipismo). Al final, cuando los medios de comunicación reseñen lo sucedido, quizás todo quede en cuatro palabras irónicas: “le metieron un camarón” (dominó).
El destituido, privado ahora de sus ingresos, correrá el riesgo de “saltar garrocha” (atletismo) por algún tiempo, pero tratará de encomendarse a cierto amigo que es un “fuera de apuestas” (hipismo) para un cargo en el gabinete. Y si, en efecto, el cálculo le sale bien y “le tiran la toalla” (boxeo) con un cargo en el servicio exterior, se escuchará que “metió un jonrón” (béisbol), que otra vez “el balón está en su cancha” (fútbol) o, simplemente, que “lo salvó la campana” (boxeo).
Famosa en nuestra lengua es la expresión “agarrar de congo”, cuando se refieren al que sufre las bromas o los malos actos de otros, en comparación con el divertido juego de los niños en el campo, que apedrean los avisperos (congos) sin otro fin que el de proporcionarse un rato de diversión.
Los anuncios comerciales dan material para muchas expresiones populares, aunque casi siempre su uso no sobrepasa la vigencia de la campaña: “Listo y frito”, “La muñeca que pasea” (o el muñeco), “Bueno, bonito y barato”, “Comiste y bebiste, Demetrio”, “Ya pasó Juan”…
Nuestra proximidad con otras culturas lanza dardos al lenguaje, algunos se enconan, otros quedan como cicatrices. Alguien con poco apego por las normas, dirá, bajo influencia del inglés: “Llevé el auto al taller por un liqueo…” (por “leak”, escape, derrame); “No hace sentido que se tomen esas medidas” (por “no tiene sentido”); “El windshield wiper no funciona” (por “limpiaparabrisas). Usamos a menudo sonoros vocablos de alegada procedencia china, como “chen-chen” (dinero) o “tongo” (policía), y no faltan los que sufren rechazo, como “pebre”, “enantes” o “dizque”, a pesar de sus fuentes legales.
Baltasar Isaza Calderón (1904-2002) publicó en 1964 su muy necesario texto “Panameñismos”; algo similar realizó Ricardo J.Alfaro (1882-1971) con su “Diccionario de anglicismos” en 1950, en los que podíamos vernos retratados; sin embargo, la lengua es algo vivo, en desarrollo, y muchos de esos términos han caído en desuso, al tiempo que otros se han incorporado a la corriente en boca de las nuevas generaciones.
Los sociólogos, y con ellos los nutricionistas, afirman que “somos lo que comemos”; pues bien, también “somos lo que hablamos”. La contextura de nuestra lengua expone las influencias a las que estamos sometidos; explica, por ejemplo, cuán cerca estamos de otras culturas, qué pasos hemos dado por la historia, cuáles son nuestras ocupaciones, nuestras preocupaciones como pueblos.
No se trata de renegar de cómo hablamos, tampoco de rechazar realidades; el asunto es que cuando tomamos conciencia de estas influencias nos conocemos más y mejor, somos capaces de vernos con objetividad, de superarnos y, quizás, de hacer aportes sustanciales que contribuyan a mejorarnos como sociedad, pues solo si nos conocemos podremos hacer avanzar hacia mejores horizontes.
Que la palabra te acompañe.