Tenemos un exceso de sabihondos. Me pregunto cómo es posible. Cómo lo han logrado. Cómo lo hacen. Los escucho y alucino. Me rompo la cabeza pensando en cómo y cuándo. En qué momento lo hicieron. Igual te hablan de un roto que te arreglan un descosido. Y me sorprendo con cada nuevo tema que surge en lontananza porque no falla, es un querer informarte y es un ‘ellos ya lo saben todo’. ¿Crisis de ISIS? Conocen profundamente las causas reales. ¿Hay un caso de abuso a menores en la vecindad? ¡Ellos saben el número de cédula de la madre que lo parió! ¿El ébola? Pffffff, experto soy yo en el virus. Ellos son leguleyos, criminalistas y doctores en medicina a la vez.
Lo peor no es eso, lo peor es que expulsan las teorías y las sentencias de su boca como quien saca un gargajo, y compiten con los panas a ver quién lo lanza más lejos. Y eso no tendría demasiada repercusión hace unas décadas. Lo malo es que ahora existen modos y maneras de que estos gilipollas expongan sus pseudoteorías a la luz. Un par de tuits. Un comentario en Facebook. O una fotografía y una grabación difundidas a sus contactos de mensajería instantánea y hala, ya tenemos la fiesta de temor y temblor montada.
Hipótesis conspirativas, alarmismo de pacotilla y la gente comentando acerca de vectores, enfermeras e inmigrantes ilegales que supuestamente habrían traído el ébola fresquecito y listo para desatar la pandemia. O sobre un monstruoso violador de niñas al que se juzga y se condena sin pruebas. Algunos de ellos ofreciéndose a convertirlo personalmente en otro Farinelli. Luego se demuestra que todo esto fue nada… y no pasa nada. Que fue un error, que el tipo, siendo un presunto hijo de puta no es el hijo de puta que nos cuentan. Y no pasa nada. Nadie entona el mea culpa. Los expertos se quedan en reposo esperando el siguiente tema en el que ellos sean expertos para hablar de él.
Me pregunto cómo se puede ser tan irresponsable. Cómo puedes vivir con tu mala conciencia después de hablar ex cáthedra de materias que, ni dominas, ni dominarás, como si no hubieras hecho otra cosa en tu patética vida que haberlas estudiado. Cómo puedes cagarte en la vida de alguien asegurando, pontificando, y luego replegarte como víbora en su covacha sin dar la cara. Tuitear no te hace periodista. Creer lo contrario te hace idiota.
Las redes sociales son útiles y divertidas. Pero no debemos creernos todo lo que sale en ellas. Dejamos que unos cuantos payasos, sin ningún tipo de especialidad médica, hablen sobre pandemias y nos creemos lo que dicen. Juzgamos y condenamos solo porque alguien pone a circular una foto.
Supuestos periodistas dando últimas noticias. Todólogos dando recomendaciones. La gente comentando acerca de los peligros del contagio. Todos viendo el jinete de la Peste cabalgando por el cielo rojizo del atardecer. Hordas clamando para tomarse la justicia en sus manos. La ley del Viejo Oeste de vuelta. Irresponsables todos. Idiotas inconscientes. Tarados tratando de pescar en rio revuelto. Medios de comunicación arañando medio punto de rating a base de emitir el parto de los montes. Y, los que de verdad saben, tratando de calmar los ánimos sin conseguirlo.
Para llorar. Lo peor es que, aquí como en otros sitios de cuyo nombre no quiero acordarme, si acaso pasa algo (los dioses no lo quieran) la única solución que se les va a ocurrir va a ser matar al pobre perro. Y no pedir disculpas al presunto abusador.