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De madres e hijos

Te miran esperando que les digas cuán especiales y listos y guapos son, y tú los miras sabiendo que nunca podrás mentirles, que no son especiales. Por las noches piensas que no vas a estar ahí para explicarles cómo funciona el mundo, que algún día se van a enfrentar a sus propias vidas.


Mónica Miguel Franco (Antropólga, escritora y actriz) / -
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A veces los miras y te preguntas por qué no te los comiste en aquella época en la que los mirabas pensando: ‘Ay, es que me lo como’. Te desquician y te exasperan. Te sacan de tus casillas. Quisieras poder romperles la mollera, dura como piedra, para meterles dentro eso que tú sabes que es tan claro como el agua de la tinaja y a ellos parece resultarles tan complicado de entender como la física cuántica.

Muchas veces tienes que reprimirte para no romperte la cabeza contra la esquinita de la pared de pura frustración cuando son arrogantes y estúpidos, y se creen que pueden con el mundo. Ponen cara de aburrimiento mientras tú les gritas porque sabes que el mundo es cruel, los va a devorar y escupirá los huesitos limpios. Entonces tú vas a tener que contemplar cómo saltan las lágrimas y no vas a poder hacer otra cosa más que esperar para recoger y reconstruir los pedazos.

Los ves sonreír de medio lado con esa chulería adolescente, creyendo que se las saben todas, que son más listos que todos los chiquillos que antes de ellos han sido, y tú los miras pensando en la cantidad de desengaños, de golpes y de angustias que les esperan y quisieras poder hacerles entender.

Pero es inútil, porque en ellos tienen el poder de la ignorancia y la invulnerabilidad del que aún no ha sufrido.

Te miran esperando que les digas cuán especiales y listos y guapos son, y tú los miras sabiendo que nunca podrás mentirles, que no son especiales, ni más listos, ni tan guapos. Que son lo que son, ni más ni menos que todos los demás con los que se van a enfrentar durante su vida. Pero sabes que quizás sean menos crueles y menos viles, y que deberías haber hecho mejor tu trabajo y haberles endurecido un poco más el pellejo.

No hay ni un solo día en el que no sueñes con ser libre y poder hacer tu vida sin preocuparte de nadie más. Sin tener que pensar en si hay o no leche en casa, o si alguien se lavó los dientes, o en la vacuna que hay que poner la próxima semana.

A veces, cuando las estupideces son tan grandes que no sabes si retorcerles el pescuezo o tirarte tú delante del tren, te preguntas qué carajo has hecho mal para merecer esto. Qué faltó por decirles, o qué dijiste de más. Y bramas tu furia y te encierras en tu cuarto pensando en que te alegrarás cuando se den el batacazo.

Por las noches piensas que no vas a estar ahí para explicarles cómo funciona el mundo, que más pronto que tarde se van a enfrentar a sus propias vidas sin tenerte cerca para quitarle importancia a sus preocupaciones y que antes o después se van a encontrar con otros que dependan de ellos. Y que serán ellos los que tengan que aprender entonces a explicar las cosas. Y en ese momento de la noche, cuando duermen y te levantas despacio solo para mirarlos desde el quicio de la puerta, te preguntas qué dios hizo que enloquecieras por unos momentos, en qué maldito instante se te ocurrió la idea de que podrías ser madre… Pero luego uno de ellos suspira y se mueve y abre los ojos y te mira asustado y te reconoce, sonríe en sueños, dice ‘mamá’ y con esa palabra se vuelve a dormir. Y tú, como una imbécil ahí parada, sabes que ya nunca cambiarías ese instante por una vida entera sin haberlos conocido.


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911343
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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