El drama del deporte nacional es un triste viaje de lo moral a lo inmoral. Una orgía de irrespeto y cinismo que duele y avergüenza.
Increíblemente, ahora resulta que son algunos seudodirigentes, que en su momento fueron juzgados y condenados en los tribunales de justicia, los encargados de dictar pautas de conducta a los atletas, promover juegos regionales y dirimir quién no y quién sí puede representar al país en justas deportivas.
El caso del vicepresidente del Comité Olímpico de Panamá (COP), Fernando Samaniego, a quien por su pasado la ley le impide estar en la dirigencia, es el vivo ejemplo de lo antes expuesto.
No veo mal que PANDEPORTES y el Gobierno Nacional, a través del COP, emprendan una ofensiva para la obtención de los Juegos Bolivarianos del 2013.
Lo que resulta desacertado es que PANDEPORTES, en el caso de disciplinas en las que hay dualidad de organismos (el taekwondo, por ejemplo), se haga de la vista gorda y no haya puesto las cartas sobre la mesa: “Tú (COP) encárgate de inscribir a los atletas en el ciclo olímpico, que de reconocer asociaciones y federaciones deportivas me encargo yo, o sea, PANDEPORTES”.
Ese COP, que se supone debe ser una entidad conciliadora, es más bien una maquinaria inquisidora, llena de mañas y mentiras, en la que sólo los que lamen los pies de sus directivos llevan opciones de ser ‘miembros honorarios’. Allí, las críticas no gustan, no se soportan, como pudo comprobar un colega que durante el Congreso del COI, en Copenhague, Dinamarca, se sintió despreciado por su presidente Miguel Sanchiz.
En casos de deportes como el judo, taekwondo y boxeo, en los que existe dualidad de organizaciones, el COP debería estar más preocupado por asegurarse de que vayan los mejores atletas a las competencias internacionales, que por complacer caprichos dirigenciales de cualesquiera de las partes en conflicto.