En mis más de 50 años de ejercicio periodístico he tenido la suerte y el privilegio de deleitarme leyendo artículos y obras de connotados colegas y escritores latinoamericanos que merecen el aplauso y las más altas distinciones; sin embargo, no han ganado el Nobel de Literatura, tales como Jorge L. Borges y Galeano con sus “Venas abiertas…”.
Los articulistas investigadores, a mi juicio, deben conjugar el principio básico de la objetividad, conocimiento de la temática y excelente dominio del idioma, para poder discurrir con propiedad y acierto. En este sentido me he llevado grandes decepciones de muchos supuestos profesionales de la pluma que viven del oportunismo y que, en un afán protagónico, desinforman, hasta malintencionadamente, haciendo daño flagrante al objeto de sus escritos, denigrando y violando los sagrados deberes del periodismo, así como mal orientando a la sociedad. Así lo hacen muchas veces galardonados del Nobel o sus parientes.
En unos países más que en otros, el ejercicio del periodismo carece de suficientes fuentes de trabajo o bajo el peso de dictaduras, lo que obliga, si esto es válido, a someterse para sobrevivir, o sea, vender su pluma. Es también notorio que vienen coexistiendo algunos “personajes” que se enquistan en gremios y asociaciones, bien pagados y con espacios ilimitados, para dañar en permanentes campañas mediáticas.
Hecho este preámbulo, doy paso al escalafón o al escalón al que acceden, o accedemos quienes, de periodistas, aspiramos pasar a escritores, dignidad por cierto muy elevada culturalmente y que no está exenta de particularidades y roscas.
En ambos casos, del periodista y el escritor, nos encontramos con mecenas a través de la historia. Otra cosa es, quien, con más amplitud de acepciones, dio origen al otorgamiento del escalón reconocido como Premios Nobel en diferentes ramas. Algo realmente valioso y original de parte de su patrocinador, el sueco inventor de la dinamita, Alfred Nobel, desde el año 1900.
Lo cierto es que con el paso de los años y para ciertas disciplinas, el otorgamiento de este galardón viene perdiendo perspectiva, equidad, justicia, valoración correcta. Tal parece que ha degenerado en concederse por cargos políticos o consideraciones sociales y, hasta por lobby y oportunismo, al menos en los Nobel de la Paz y la Literatura.
En mi humilde criterio, el otorgamiento del Nobel de la Paz al presidente Obama fue tan desacertado, que hasta el propio receptor lo tomó a broma, aun teniéndolo en sus manos.
¿Qué trayectoria personal o méritos para tal exabrupto?, tal vez el próximo Nobel de la Paz le sea otorgado a G. W. Bush, a Dick Cheney o a Aznar, al paso que el Comité otorgante lleva este premio.
En cuanto al otro premio, el lobby, más que la calidad de su obra literaria, sumado a su extraordinaria capacidad mimética y oportunista, convencieron al Comité Nobel para concederle el literario esta vez a Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, quien como actor, tal vez tiene más méritos a reconocer. El premio Moors Cabot que le otorgó la Escuela de periodismo de la Universidad de Columbia (EE.UU) no es demostrativo de excelencia literaria, como tampoco académica, de ese país. Prueba de ello, el rotundo rechazo de más de 100 académicos estadounidenses de Yale, Harward y otras universidades, por el nombramiento del ex presidente Uribe como catedrático en un centro de estudios allá. Se equivocaron también en este nombramiento. Y, los 2 premios concedidos en España a don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa tienen rasgos de que se deben a lobby y contactos, tratándose de un nacionalizado español.
Los Vargas Llosa, padre e hijo, tienen una característica: confundir. En cuanto a la obra de don Mario Vargas Llosa, esta no consolida su imaginación, carece de esencia y autosuficiencia. La creatividad laberíntica en sus tramas, cansa. Desdice mucho de su personalidad, que en su afán de lograr fama, se pasó tratando de maltratar criticando, en su momento, a quien jamás igualará: Gabriel García Márquez (como tampoco igualará a Neruda u Octavio Paz) ni la obra cumbre de la literatura contemporánea “Cien años de Soledad”. Luego de 28 años y logrado su anhelado Nobel, don Jorge Mario Pedro Vargas Llosa se arrepiente ensalzando la obra del genio colombiano.
Los errores, o confusiones, de don Mario Vargas Llosa empiezan con su nombre, Jorge Mario Pedro Vargas, por su padre, según se menciona, (que conoció a los 10 años) y Llosa, por su madre; luego se casa con su tía política y se divorcia de esta para casarse con su prima Patricia Llosa, cosas de familias seudoelitistas, pero que dejan huellas en actos y obras.
Se dice que Edgar Allan Poe solo escribía cuando estaba ebrio.
Lo cierto es que el Comité de los Nobel debe manejarse más apegado al espíritu para lo que fue creado y a los deseos de su patrocinador, o perderá totalmente su valor y credibilidad muy pronto.