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Decálogo


En dos columnas anteriores hemos hablado sobre la importancia que reviste, entre quienes enseñan Literatura, el contar con una disposición especial hacia esta asignatura; tal carácter es igual de importante para aquellos que, sin ser docentes, pretender guiar a otros por el camino del buen leer, y del aprovechamiento de la lectura.

Escogimos, por su sencillez, el recurso del decálogo para plasmar estos consejos, y reiteramos que se basan en la experiencia propia y en la de quienes, muy cerca de nosotros, transitan por similares senderos vinculados con libros y lecturas.

En la columna de hoy exponemos otros tres puntos de ese conjunto de recomendaciones que nos ocupa durante estos días, en que la escuela y los temas escolares convocan nuestra atención:

 


1.Entender de literatura no significa hacerse ininteligible: con excepción de auditorios compuestos por profesionales, quienes acuden a una tertulia literaria, o a una clase de literatura, suelen enmarcarse en varios niveles de conocimiento (por eso van a aprender). La literatura puede ser explicada sobre la base de referentes claros, próximos, contemporáneos, amenos. La sociedad y sus personajes, la noticia matinal, los hechos que nos preocupan, la política, la historia, la economía… son referentes válidos para ampliar un concepto expuesto en la obra literaria. No asuma Don Quijote como un cúmulo de hechos pasados, porque no lo es; véalo a través del cristal del presente, relaciónelo con la vida, considere que su permanencia y actualidad mundial a lo largo de tantos siglos no puede ser obra del azar (tenga en cuenta el punto 1).

2.Usted tiene sus lecturas preferidas, pero considere las de su auditorio: la lectura es un hecho particular, íntimo, sobre el cual no debemos ejercer presiones. Usted puede valorar cierto tipo de literatura, pero no le reste valor a otras; considérelas como parte de un conjunto de conocimientos a los que se tiene acceso como parte del proceso de desarrollo de todo buen lector. Si de veras considera que son malas las lecturas que alguien prefiere, demuéstrele que hay vías para conocer otras obras.

3.No se quede en ciertas épocas literarias: no sea usted de los que dice que todo tiempo pasado fue mejor; no dé como un hecho que lo de antes vale mucho y lo de ahora muy poco (de paso, la arrogancia suele ser síntoma de ignorancia, o bien de petulancia, y se evidencia a través de fundamentalismos nocivos, impropios en quien aspire a enseñar para la vida, que a su vez se basa en el cambio). Si tiene que hablar de literatura en general, conozca lo que se está haciendo ahora, no limite sus citas a autores del siglo pasado. Y si es de los que deben enseñar literatura de un período, pues igual debe hacerlo, por la necesidad de ver las obras como un producto humano que responde a los cambios humanos. Algo más: abra la puerta a mediciones que permitan salirse de su estricto criterio, admita que existen otras mediciones que pueden discrepar (¿no fue rechazado Cervantes en su época?, ¿no hubo editores que devolvieron los manuscritos de García Márquez cuando el colombiano no era la mina de oro que llegaría a ser?, ¿por qué cree que el holandés Van Gogh solo llegó a malvender una obra en su vida?).

 

El próximo domingo completaremos los diez puntos que sintetizan este conjunto de recomendaciones que, esperamos, puedan servir de orientación a quienes se desenvuelven entre estos planos de la enseñanza literaria y la orientación a la buena lectura.

Que la palabra te acompañe


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533797
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América