Ahora que estamos en vísperas del inicio de clases, y ante los reiterados informes que indican fallas en el proceso de enseñanza-aprendizaje de asignaturas claves en la formación estudiantil (entre las que se encuentra la de Español), viene a mi mente un esclarecedor artículo de mis días de estudiante universitario, que lamento no haber conservado; el título del artículo era de por sí una admonición irónica: “No sea profesor de español si…”. Luego, entraba a explicar varias condiciones que inhabilitaban a un docente para ejercer de modo cabal la enseñanza de nuestra lengua.
Por supuesto, el objetivo de la cartilla era hacernos entender las razones por las que se escogía la carrera de profesor de Español, y los deberes que esto conllevaba. Así pues, quien no tuviese apego por la Gramática, o le importase muy poco con el buen decir, aquel que no leyera a menudo, o quien considerase que no poseía disposición para orientar a otros en la lectura provechosa y en la escritura clara y correcta, le convenía emprender una carrera distinta.
Hoy, años y experiencias a cuestas, creo oportuno imitar esa loable intención de aquel articulista, y volver a compartir un recuento de algunas de las principales herramientas que resultan indispensables a la hora de decidirnos a enseñar temas literarios.
Quizás entre los que lean Día D, alguien encuentre útiles tales experiencias, aunque su carrera no sea la docencia y su materia no sea el Español. La literatura, esa puerta hacia tantas puertas, cada vez tienta a más personas para que ingresen a indagar sobre sus posibilidades. Profesionales de diversas ramas, y con distintos tiempos de ejercer sus oficios, acuden a diario a conocer el modo en que las letras ofrecen oportunidades de entenderse mejor a sí mismos y, por consiguiente, de entender el mundo que los rodea, y para eso no dudan en deponer actitudes anteriores ante la palabra impresa, volviendo a asumir, cual si fuesen niños, un conocimiento que presienten valioso, edificador.
Sin embargo, nos son pocos los jóvenes que aún no vislumbran esa posibilidad y ven la Literatura con cierto desdén; en eso los docentes, y los escritores, tenemos una responsabilidad primordial.
Estoy convencido de que, si en hora oportuna, combinamos esfuerzos personales y modificamos ciertas estructuras del sistema educativo que propician la idea de la enseñanza literaria como un estudio de materias muertas, podríamos ganar parte del interés juvenil, permitiendo a los estudiantes un encuentro temprano con productos intelectuales que resulten aptos para ayudarlos en su formación integral, y que han de capacitarlos, sin duda alguna, para ser ciudadanos responsables, conscientes de su entorno, renuentes a la manipulación y constructores de nuevas y mejores estructuras sociales.
De buenos lectores, de buenos comunicadores mediante la palabra, es dable esperar seres que entiendan la red de palabras y actúen en consecuencia; de allí solo hay un paso hasta los grandes líderes del mundo, esos individuos que modelan su tiempo, y quienes (sin excepciones que no sean aberraciones) ostentan un bagaje adquirido mediante la disciplina intelectual. Y el libro, su lectura, será siempre columna de ese proceso vital.
En las próximas entregas compartiré con ustedes un decálogo que recoge parte de esas experiencias adquiridas en el aula y en salas de lectura, junto a amigos, docentes natos o por profesión, que han hecho aportes importantes en este campo y que señalan un camino oportuno para quienes, desde las aulas, se esfuerzan por alcanzar ese gran cambio que es meta implícita en el proceso educativo.
Que la palabra te acompañe