No pasa un día en que dirigentes del fútbol mundial no se vean envueltos en la maraña del lavado de dinero, del tráfico humano y de influencias, corrupción, evasión fiscal, el enriquecimiento ilícito, y otras actividades penadas por la ley.
Equipos de prestigio, en el balompié universal, escriben hoy las páginas negras de la delincuencia, paralelas a la prestidigitación de un balón mágico que nos atrapa a todos. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA), y varias siglas archiconocidas, le están siguiendo los pasos, en sus países, como México, Colombia, Perú, y tantos otros.
Ahora, surgió, como efecto del Caso Messi, otra novedad, que linda con la ley y la delincuencia: la contratación de niños, para el fútbol europeo.
¡Cuántos pequeños soñarán con ser la nueva “Pulguita”, maravillando hinchadas, huyendo a una existencia de pobreza, y triunfando profesionalmente en el Viejo Continente!
Cuidado, que la posibilidad de fracaso es varias veces superior a la del triunfo, y uno de cada diez mil niños, puede –con la aritmética de la razón— alcanzar la consagración, la fama, y el dinero. Los contratistas cobrarán su parte, y los niños, frustradas estrellas, quedarán desprotegidos, con las manos atadas, y con el delito, única salida, como pago al sueño irrealizado.