Siempre he creído que la palabra “democracia” es una de esas meretrices, muy a su pesar, que habitan “El burdel de la Palabras”. Hace mucho que los ciudadanos no frecuentan el diccionario y han decidido torcer los conceptos para que su propio derecho los asista, lo que siempre es un error, porque, como ya saben, el abogado que se defiende a sí mismo tiene a un tonto por cliente.
“Democracia” es, según el DRAE, “la doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno” o, en su segunda acepción, el “predominio del pueblo en el gobierno político de un estado”. Casi nada.
En el citado burdel, que yo también frecuento con donosura y en el cual participo como proxeneta semántico, hay otra destacada meretriz, favorita de unas y otros: “Cultura”. El DRAE, que aquí actúa de ponderador y lugar donde las palabras pueden “ser” en su esencia misma, donde entre ellas se muestran tal como son, la define como “el conjunto de conocimientos que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico” (aquí, el individuo) y también como el “conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un pueblo” (aquí, la sociedad).
Los que gobiernan Panamá, antes y ahora, han tenido (y si no lo remedia un milagro tendrán) un concepto equivocado de “democracia” y de “cultura”. Donde deben leer “intervención del pueblo en el gobierno” o su “predominio” en el mismo, los políticos han querido ver una participación mínima: votar. “Qué más quieren”, piensan, y se sienten legitimados para vendernos al precio más bajo. Si se fijan ustedes, siempre gobiernan los mismos perros con distinto collar. Y el pueblo no escarmienta.
Pero también los que mandan creen que “cultura” es “guiales, guaro y campana”, arrancarse el “viernes cultural” y últimamente el futbol: laMarea Rojay sus cánticos tribales como nuestros vecinos europeos. ¡Hasta tenemos bufandas de la selección panameña, con el frío que hace en el Rómel Fernández…! Los poderosos, no leen en el diccionario, les da miedo, “conjunto de conocimientos que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico”. Conocer para qué”, se dicen, “es mejor olvidar cuando se es mano de obra barata”. Lo “tradicional” les da sarpullido, pero no rechazan hacerse la típica fotito con pollera su señora y su señor de montuno y se sienten integrados “allá donde uno”.
Mezclando con proxenetismo alevoso, “democratizar la cultura” es, para estos insensatos, que el pueblo participe de “lo nuestro”, es decir, deportes, chupadera, carnavales carísimos, mientras ellos se comen solitos el pastel de la prosperidad. Y el panameño va, vamos, tras los cantos de sirena y comemos del cuento.
Los entusiastas de la ignorancia, que cada vez son más, entienden que si rescatan estas dos palabras del famoso “Burdel” y encima las combinan, van a perder toda su ganancia en nuestro país de ciegos.
Democratizar la cultura sería, por un lado, permitir que el pueblo acceda, a través de políticas estatales, a los recursos que les permitan desarrollar su juicio crítico, es decir, que tendríamos que tener líderes dispuestos a dirigir un país de personas con criterio, pero eso no les conviene. Democratizar la cultura tendría que ser, por otro lado, hacer políticas que permitan cuidar del conjunto de las manifestaciones en que se expresa la vida tradicional panameña, pero prefieren hacernos creer que leer, escribir, ver buen cine, disfrutar de buena música, pintar, ser actor o escultor es cosa de las élites, es cosa de gente de plata.
Una participación más amplia de los panameños en su cultura y la gestión de esta, pasa por una revolución del pensamiento sobre lo que nuestros artistas están haciendo, es abrir caminos por los cuales esa obra pueda ser accesible a todos dentro y fuera de nuestras fronteras.
Un país que no exporta su cultura, que le dinamita caminos dentro de su territorio, está condenado a ser siempre un país de ciegos donde los tuertos no dejaran pasar la oportunidad de ser sus reyes.