Deportes

Dengue

La epidemia estaba tomando dimensiones alarmantes, las fuertes lluvias no contribuían a los esfuerzos que invertía el Ministerio de Salud por controlar la situación, familias enteras caían


Alberto Cabredo O. (Abogado y Escritor) / Abogado y Escritor

La epidemia estaba tomando dimensiones alarmantes, las fuertes lluvias no contribuían a los esfuerzos que invertía el Ministerio de Salud por controlar la situación, familias enteras caían diezmadas por aquel flagelo. El abuelo decía que a esa enfermedad en sus tiempos le decían temblorina, porque no podías sostenerte en pie y luego, se reía de buena gana.

La verdad, no sé por qué lo hacía - reírse, digo -, en nuestro edificio varios vecinos estaban contagiados y no era extraño que cayera uno de nosotros. Mi madre se la pasaba poniendo incienso por toda la casa, no había quién no se quejara, pero ella alegaba que aquello espantaba los mosquitos.

Entre tanto, la enfermedad seguía esparciéndose sin freno y por esa causa se dio inicio a una campaña escolar de vacunación. Mi escuela envió circulares a los padres de familia y debíamos regresarlas firmadas por nuestros acudientes. Yo llevé la circular a casa y mi padre la firmó vociferando dos cosas, que seguro el contrato de las vacunas se lo había ganado algún cocotudo y que él estaba muy ocupado para perder un día en lo que llamó “esa vaina”. Así que por supuesto, le tocó a mi madre estar presente el día de la vacunación.

Pedrito manifestó en el salón que le atemorizaban las inyecciones y los demás alumnos empezaron a molestarlo. Le decían que la aguja era gigantesca, que a todos nos iba a dar mucha fiebre y que si después de eso no nos habíamos muerto, ya no nos daba el dengue.

El pobre Pedrito no quería saber de aquella vacunación, pero llegó el día de presentarse a la escuela para el desagradable evento. Solo hizo salir con su madre hacia la escuela y empezó a llorar. Lloró en la parada de buses, lloró en el trayecto a la escuela, lloró al llegar a la escuela y lloraba en la fila de vacunación hasta que la madre en un arranque de rabia le entró a correazo limpio. En eso de dar fuete era como mi madre, no paraba una vez empezaba. El pobre Pedrito saltaba de un lado a otro, pero qué va, su madre tenía mucho tino, con cada correazo le decía: - No, vas, a, seguir, llorando, o, te, cuezo, a, correazos. Después de aquello, el pobre Pedro de vaina sollozaba mientras avanzaba la fila. La enfermera, que advirtió desde lejos aquel acontecimiento, solo apretó los labios y movió la cabeza en señal de reproche.

Llegado su turno, Pedrito miraba asustado a la enfermera que se tomó un tiempo para animarle, le explicó que aquello no dolía y si acaso, iba a sentir un pequeño pinchazo. Mientras le hablaba, observó las marcas rojas e inflamadas en sus piernas, le dijo que primero le iba a dar un analgésico y a continuación le puso la inyección. Luego volteó a ver a la madre y le dijo: venga por acá señora, también estamos vacunando a los adultos. Pero esta vez buscó con disimulo entre sus cosas mientras la madre de Pedrito se subía la manga de la blusa. Le puso a la jeringa la aguja más grande que he visto en mi vida…


fecha edicion
old id
818833
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América