Hoy culmina la VI Feria Internacional del Libro de Panamá; si usted es de los que a esta hora aún no se ha dado la vuelta por Atlapa, todavía le queda tiempo; ya sabe: entre los panameños circula (creo que desde los tiempos dorados de Portobelo) un aserto sobre el cual nadie discute: el último día de todas las ferias es el mejor, porque ningún expositor quiere regresar con mercancías.
Sin embargo, son muchos los que no toman sus decisiones sobre esa premisa, pues hasta ayer sábado, bien entrada la noche, vi gran actividad por los diversos pabellones (sí, “stand” se abrió paso hasta las páginas del DRAE, con la acepción: “Instalación dentro de un mercado o feria, para la exposición y venta de productos”, aunque aparece ahí bajo una filosa espada de Damocles: “Artículo propuesto para ser suprimido”, ¡auch!, por lo que me mantengo con “pabellón”, ese canoso sustantivo de raíces galas que, entre sus tantas acepciones, indica: “Cada una de las construcciones o edificios que forman parte de un conjunto, como los de una exposición…”).
Volvamos al camino, como diría una hormiga a otra. Ya sea que usted fue de los primeros, o que planea darse su vuelta hoy, lo cierto es que tendrá un buen número de ejemplares entre manos. (¿Les cuento algo? Antes yo creía que uno iba a los libros, hasta que descubrí que son ellos los que vienen. Los muy ladinos tienen olfato de sabueso para saber quién los merece; por eso, si de pronto nos invaden la casa, es porque les gustamos. Nos rodean, nos abrazan, se nos enredan entre los pies, se duermen con nosotros, y hay unos que hasta gimen cuando los encerramos en una caja y los abandonamos en el depósito, o los regalamos a alguien que quién sabe qué hará con ellos. Que esto quede entre nosotros, porque quien no se ha hecho merecedor de un libro no sabe de estas cosas).
Como iba diciendo, ahora se preguntarán: ¿cuál leo primero? Sólo quería compartir, hoy que se acaba la Feria y se acaba agosto, esas sabias máximas que el francés Daniel Pennachioni (Marruecos, 1944), o Daniel Pennac, como mejor se le conoce, hiciera famosas en su libro “Como una novela” (1993). Se trata del ya famoso decálogo “Derechos imprescindibles del lector”, los que resume así:
1.Derecho a no leer.
2.Derecho a saltarnos las páginas.
3.Derecho a no terminar un libro.
4.Derecho a releer.
5.Derecho a leer cualquier cosa.
6.Derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual).
7.Derecho a leer en cualquier sitio.
8.Derecho a hojear.
9.Derecho a leer en voz alta.
10.Derecho a callarnos.
Quizás en las próximas columnas podamos repasar estos derechos y sus implicaciones; por hoy sólo quisiera señalar que el bovarismo (definido por Pennac con una brillante ironía contemporánea) es un padecimiento de orden psicológico, en el que el individuo (mejor: el lector) puede sentirse tan compenetrado con su lectura que se convierte en parte de ella, y comienza a vivir como sus personajes (estoy tentado a escribir: en sus personajes). El riesgo de contraer el mal crece en proporción directa a cuán amena, interesante o atractiva sea la lectura que estamos realizando.
¿En nuestra niñez, no nos sentimos Tarzán, o Tom Sawyer, o Bruce Lee, luego de exponernos a la presencia de esos personajes en un libro o en el cine? Bovaristas que fuimos.
Pero eso quedó atrás, eran cosas de la niñez. ¡Ea! Tomemos nuestros libros y pongamos proa a Ítaca; Penélope aguarda.
Que la palabra te acompañe.