Nuestra ciudad se ha ido expandiendo y en muchas áreas, donde ayer habían frondosos árboles y quebradas, su panorama es otro.
Cuando niña me encantaban los domingos, porque salía a la playa, al río o a visitar cualquier paraje.
Mi padre y mi madre disfrutaban con nosotros [mis hermanas y yo], de esos paseos al aire libre.
La fuerza de la brisa me encantaba. Era el momento para liberar mis silbidos o los tarareos a viva voz y casi gritos, de una melodía o una canción inventada. Ese trayecto me servía para soñar despierta lo que en un futuro creía que iba a ser.
Mis pulmones se cargaban de aire y al poco tiempo quedaban desinflados.
Solo había un lugar que me sacaba de ese trance. Era un sector de Portobelo, en donde mi aliento se contenía ante el verdor tan intenso y tupido, como los racimos del perejil. Kilómetros de hermoso paisaje, adornados por montañas y empinadas laderas surcadas por riachuelos y cascadas.
¡Qué hermosos días aquellos!, ahora solo queda en mi mente su recuerdo.
Las veces que he vuelto con mis hijos trato de enseñarles lo que mis ojos, a su edad, admiraron, pero es en vano. El paisaje cambió y no logro precisar con exactitud dónde estaban esos saltos de agua y verdes montañas.
Pensé que era una percepción o que estaba perdida por el paso de los años y por la falta de familiaridad, pues iba una o dos veces al mes por esos parajes.
Pero mi corazón quedó consternado en estos días porque ante mis ojos desapareció la arboleda que rodeaba una finca a orillas de la vía Domingo Díaz, frente a Plaza Conquistador.
Todos los días la transito para llegar al trabajo. Una noche pasé y no recuerdo cómo, en horas, ya el panorama era otro.
¡Qué dolor! Solo unas palmeras veían cómo, robustos y viejos árboles, caían uno a uno. Sé que el urbanismo es progreso, pero con equilibrio. Nos estamos asfixiando, cortando las fuentes de agua y vida, entonces de qué nos valdrá tanto desarrollo.