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Desde mi biblioteca


Domingo de Resurrección. La Semana Mayor, por sus rituales y su connotación escatológica, es temporada ideal para los relatos de horror y las fábulas orientadas a procurar un cambio de actitud ante las cosas de Dios (o acerca de la sana convivencia entre los hombres). Al menos así era antes.

Quizás fiel a mis recuerdos, dediqué estos días a un libro que permanecía a mitad de la torre de textos por leer que me aguardan siempre, y que misteriosamente, por más que intento reducirla cada día, mantiene su estatura y, a veces, hasta siento que crece cuando miro para otro lado. En fin, saqué de esa fila vertical la novela “Misterios de San Francisco de la Montaña” (Editorial Mariano Arosemena, 2011) del cardiólogo y amigo Ricaurte Arrocha Adames. Acabo de terminarla y quiero compartir algunos comentarios generales con ustedes.

La novela negra tiene un atractivo particular: junto a la trama, por sí misma interesante, se da tiempo para mostrarle al lector un vistazo de su época o, cuando no, del interior de los seres que la protagonizan (que de ahí, por reflejo, se coligen los tiempos). Aclaro que el concepto “novela negra” es un subgénero que alude a un formato específico de narración que contiene varios de los siguientes elementos: un crimen, un policía, un criminal que lo elude, los pensamientos de ambos y, casi siempre, el espacio social en que eso ocurre.

 

Si tomamos obras como las de Arthur Conan Doyle o Agatha Christie, o si nos venimos hacia acá y abrimos las páginas de “Mirada siniestra”, del talentoso novelista panameño Ramón Francisco Jurado, encontraremos muchas de esas condiciones. Pero hay variantes de la novela negra, y “Misterios…” prefigura varias de sus características.

La trama parte de un hecho histórico: el nunca aclarado crimen del párroco español de San Francisco, padre Bernardo Felipe, presuntamente a manos de un paisano suyo, una noche de principios de enero de 1932, asesinato que impacta no solo al bucólico entorno pueblerino, sino a todo el país, pues son hechos dramáticos: cerca al cura, baleado y moribundo, se esparcen los restos de un cuerpo abatido por la explosión de una bomba.

Daniel es el detective encargado de averiguar lo ocurrido, y cuyas pesquisas, aparte de revelar rasgos humanos e indicios políticos y sociales examinados sobre una tela de duda, articulan la trama. Pero casi que hasta ahí llega la novela negra como tal; todo lo que sostiene este argumento es en verdad una guía histórica sobre el pueblo y, dada la importancia que este tuvo como puesto de avanzada de la conquista española, por su ubicación justo al borde de los dominios de Urracá, nos de la mano desde el siglo XVI hasta el presente, para mostrarnos la evolución de esta comunidad, y junto a ella su emblemática iglesia y los presentidos misterios que se alojan entre las barrocas volutas de su altar.

 

Sorprende cómo el autor se ingenia, mediante la intervención del recurso onírico, a través de digresiones imbricadas en los diálogos, o usando recursos paratextuales (epígrafes, iconografía), para lograr una “polinización literaria”, donde el lector, embelesado en el desarrollo de las investigaciones de Daniel y su interacción con otros personajes (entre ellos un chamán o sukia indígena), adquiera un caudal de conocimientos acerca de la significativa historia del norte verágüense.

Híbrido entre novela negra, guía para el visitante y texto de historia, las aseveraciones del autor son apuntaladas con 38 citas bibliográficas, junto a documentos y gráficas pertinentes, mostrándonos así todo el potencial que encierra la literatura.

Que la palabra te acompañe.


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805959
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América