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Desmenuzando remordimientos

Seguro que se merece una apología el remordimiento. ¿Cómo si no, habría más candidatos a sentirlo o, al menos mostrarlo; a sufrirlo o gozarlo, dependiendo de las


Ernesto Endara (Escritor) / PANAMA AMERICA

Seguro que se merece una apología el remordimiento. ¿Cómo si no, habría más candidatos a sentirlo o, al menos mostrarlo; a sufrirlo o gozarlo, dependiendo de las gónadas? El que siente remordimiento no resistirá la tentación de declararlo, y si lo declara, espera ser comprendido y, con suerte, perdonado. Tal vez no estés de acuerdo porque para que haya remordimiento debe haber pecado, ofensa, un hecho delictuoso, tal vez un crimen, pero, carajo, debemos reconocer que si tienes una conciencia dura, una torcida moral, seguramente nunca sentirás remordimiento, pero si te queda algo de la inocencia perdida, lo sentirás irremediablemente. ¿Acaso a Raskolnikov no le devoraban los intestinos del alma una manada de lobos azuzados por el remordimiento? ¿No crees que fue el remordimiento quien lanzó la soga sobre la rama y la puso al cuello de Judas y quien lo empujó para que sostuviera todo su peso en el vacío? En el castigo hay algo de jabón mágico que puede lavar un crimen. No lo deja inmaculado a uno, pero nos quita una plancha caliente del pecho.

Para existir, el remordimiento exige un mínimo de humanidad y de inteligencia. El bruto, jamás sentirá remordimientos. ¿Has visto alguna vez a un tiburón arrepentido? ¿A una leona haciendo mala digestión porque devoró a un cervatillo? El remordimiento no es bueno para las tripas, ni para el corazón. Pero mejora las relaciones de ti contigo. Te hace caer en cuenta de que ese malestar te está de alguna forma purificando.

¿Cómo pudo el nazismo devorar tan brutalmente la piedad y borrar el arrepentimiento? Podría ser porque en las ideologías los seres humanos no cuentan, sólo vale la colectividad, la manada, que es abstracta y no tiene espiritu. Ni derrotados y sometidos a juicio mostraron los nazis el menor arrepentimiento, por lo tanto, más lejos se encontraban del remordimiento.

Yo soy un saco de arrepentimientos y de remordimientos. Algunos tan cándidos como no haberle prestado a Teresita mi escúter, y otros, que todavía me remuerden porque los considero serios, como el no haber hecho reír a mi madre cuando, en sus raros malos tiempos, me regañaba con cara de trueno. Los otros arrepentimientos son, como deben ser la mayoría, privados, dejarlos metidos en cajetas sin nombre y olvidados. Suficiente con haberlos sentido.


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908515
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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