“Soy un deseo trenzado, un pegote de hombre, ¡un palurdo feliz!” Neco.
Los pasearé –tal como paseé a Clárigo– por dos avenidas de la Ciudad Redonda.
—Esta es la Undécima Avenida, la Wissenschafftlich –le dije–. Las granadas, las botas, el fútbol, las salchichas y Wagner, son componentes ineludibles del espíritu alemán. Nosotros, como puede ver por el nombre de la avenida, preferimos acordarnos de su ciencia.
Clárigo quedó en silencio y sumamente concentrado. Si bien no contestó nada, luego escribió en sus papeles:
“Se olvidaron los redondianos del íntimo amigo de los alemanes: Mefistófeles. ¡Ay, cómo me invaden la memoria los versos de Goethe que aprendí desde que tenía quince años! Mefistófeles, dañino y sabio, le dice a Fausto: «Deja que grite y alborote el gran mundo; permanezcamos nosotros aquí en sosiego. Pero es cosa sabida mucho tiempo ha, que en el gran mundo se hacen pequeños mundos (¿acaso se refería Mefisto a este mundo pequeño y apartado que se asienta en la Uncus Mundus?). Veo allí hechiceras buenas mozas que andan en cueros vivos, y otras viejas que prudentemente se cubren. Poca es la molestia, grande el placer («en esta Avenida de la Ciencia no encontraré jamás lo que hoy comienza a desesperarme. Por algo sobresalen en mi recuerdo esas lindas mozas en cueros vivos»). Los paréntesis son de Clárigo. Se comienza a escuchar un runrún de instrumentos. Vuelve Clárigo: «yo siento que mi sangre lleva cencerros cuando corre por debajo de mi vientre, Sí, lo dijo bien Mefisto»: ¡Maldita cencerrada! Hay que acostumbrarse a ella... ¿Qué dices tú, amigo? Un centenar de fogatas arde en hilera. Se baila, se chacharea, se guisa, se bebe, se enamora; conque, dime: ¿dónde hay cosa mejor?».
—La Duodécima Avenida, es la Yang Bukanbukan.
Otra vez se me adelantó Clárigo al decir: «Ah, conque esta es la avenida de lo Absurdo, ¡formidable! Por supuesto, el nombre sale de una lengua exquisita, la malaya».
Yo le contesté: «Sí, pero nosotros tenemos otras connotaciones para lo absurdo... ya lo verá usted, ya lo verá».
—Ya lo veré –me contestó–.
Cierra Clárigo su archivo número 8 de esta forma:
“Con la sencillez que los caracteriza, los redondianos han bautizado sus avenidas con nombres en diferentes lenguas y con la significación más adecuada para las actividades y carácter de la gente que las habita y frecuenta. Yo, que sólo soy un paseante por estas avenidas, acepto de buen grado que desde sus nombres comienzo a gozar de ellas.