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Dialelos


Si está pensando que vamos a hablar de esos días en que ni fu ni fa, se equivocó. Un dialelo no es eso. Para los griegos, “diallelo” significaba “recíproco”; es decir, mutuo, relacionado, correspondiente. En nuestra lengua, y en el ámbito filosófico, la palabra vino a representar un modo de argumentar mediante la exposición de un principio que intenta ser probado con otro, el cual es prueba de lo primero… creo que me estoy enredando.

Un viejo trabalenguas conforma un dialelo: “Como poco coco como, poco coco compro”. O bien: “Temo a la oscuridad porque la oscuridad me da miedo”. Si no tiene la idea clara aún, no se preocupe, un dialelo suele enredarnos siempre. Pero continuemos, total, hechos más confusos se ven a diario.

Llevado a un contexto más pedestre, sucede que los dialelos son círculos viciosos, o los círculos viciosos son dialelos. ¿Ahora sí? Eso espero.

 

Hace añales circulaba un chiste malo, pero entonces era bueno, porque recuerdo que nos reíamos bastante, o quizás lo que nos daba risa era lo malo que era; vaya usted a saber; el caso es que decía: “¿Qué es un círculo vicioso?: pues un grupo de amigos que colocan las sillas alrededor de una mesa redonda para luego emborracharse.”

Insisto, los dialelos, si bien construcciones del pensamiento, a veces se tornan en realidades en las que nos vemos inmersos: “No obtengo trabajo porque carezco de experiencia, pero para obtener experiencia debo tener un trabajo”; “No obtuve el préstamo bancario porque carezco de referencias bancarias” (y para obtenerlas debería lograr un préstamo…)

En estos días me vi sumido en un dialelo kafkiano (o en un laberinto borgiano), y luego supe que no soy el único. Resulta que tuve que comprar un nuevo teléfono, porque el anterior aún guardaba mensajes de cuando me avisaban que Mireya Moscoso iba arriba de Martín Torrijos en el conteo de votos. Viejito como era, el fiel teléfono móvil de origen finlandés me daba acceso a Internet, a un correo que auspicia la misma casa que los fabrica. Hasta que estiró la pata (o mejor: pateó el chip).

 

Fiel a la marca que me fue fiel, adquirí una versión actualizada del móvil, en un quiosco de El Dorado que se dedica exclusivamente a vender teléfonos asociados a la transnacional que en letras rojas ofrece más movilidad. La caja del aparatito afirma que da acceso a la red (no tendría que dudarlo, con lo que me costó).

Debo aclarar que por decisión rehúso entrar a la masa de usuarios de Blackberry, evitando caer en la tendencia de verme abstraído, con sonrisa bobalicona observando la pantalla en la que aparece el texto que comparto, a veces con alguien que tengo al frente, al que ni miro.

El primer mensaje que recibí en el aparato, cuando intenté usarlo, fue que debía consultar al proveedor para configurar mi acceso a Internet. La chica del quiosco me dijo: “Eso no es aquí, es allá” (el proveedor del servicio tiene un local muy cerca).

 

Fui donde el proveedor; allí, una joven de “atención al cliente” en 30 segundos me repitió las mismas palabras de la chica del quiosco: “Eso no es aquí, es allá”. Se conformaba así un dialelo; mejor: un auténtico círculo vicioso. Todas las reiteraciones de mi solicitud terminaron de sellar el círculo: mi teléfono es menos móvil porque, según el proveedor del servicio, el acceso lo da el distribuidor, quien no lo hace porque es responsabilidad del proveedor. Salí del círculo y cambié de proveedor.

Que pases un buen domingo, lejos de los dialelos.

Que la palabra te acompañe.


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726676
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América