—Yo soy Perusín, ¿quién eres tú?
—¡Bruuuummmpp! ¡Bruuuummmpp! –Contestan las pestañas de sus olas en un abrir y cerrar de orillas.
—Mucho gusto. Sin tu permiso hago castillos en la arena. No importa si tú, que te la echas de mucho, los derribes dizque para enseñarme...
—¡Bruuuummmpp! Ya aprenderás.
—¿Qué es lo que quieres que aprenda, mar, la derrota? No. Seguiré construyendo palacios de azul y ocio. Cuando mejore mi estilo, serán balandras mis palabras y flotaré sobre tus vientos.
—¡Bruuuummmpp! Ya veo que estás loco.
—Te pintaré. Eres fácil acuarela. De un espatulazo lograré un cuajo de tus espumas. En bajamar te añadiré medusas y cangrejos. Y en tu pleamar vespertina, bajo el cielo que te repite, colgaré mi hamaca entre dos olas.
—¡Bruuuummmpp! Dime, ¿Qué quieres de mí?
—Que me ayudes a montar un caballito de mar y a bailar con una sirena; me gustaría hacer dúo con una ballena azul y correr contra un delfín; sueño con que esa bandida tintorera se deje acariciar; quiero volar como una raya y, lo principal, quiero tener la paciencia del caracol.
—¡Bruuuummmpp! Algún día, Perusín.
—¡Cuéntame, mar! ¿De dónde sacas ese apetito tan grande?
—¡Bruuuummmpp! Bien sabes que podría tragarme el Everest entero sin que asome por mi boca. Pero mi hambre es de cosas frugales: basura, piedra derretida, galeones, corbetas, Lusitanias y acorazados. Me tragaría todas las guerras sin eructar. Pero hay cosas que me atoran: las dosis de petróleo con que, de vez en cuando, me purgan Exxon y Compañía.
—¡Anjá, con que te interesa la historia, ¿no?
—¡Bruuuummmpp! Te equivocas, Perusín. No me interesan historias de espadas y cañones. Soy murmullo filosófico. Soy eco de la hondura. Soy alfombra de coral en los ocasos. Poco a poco, amigo, sabrás que hasta puedo ser poesía. Ahora dime tú, ¿qué quieres ser?
—Marino, por supuesto. Subir las gavias de la brisa y desde la cofa de una nube alisar el horizonte. Calcular tus rumbos submarinos y sorprender a las estrellas. Y, al final, naufragar.
—¡Bruuuummmpp! Marchito a cualquier hombre bajo mis aguas. A ti no, Perusín. Si te ahogas, peinaré tu indomable cabellera, aflojaré tus músculos y abriré tus ojos a mis abismos. ¡Cuando llegues, Perusín, serás azul como yo!