“Grun-tu-molani”, Saul Bellow en Henderson, el rey de la lluvia.
Ya sospechaba que al pasar la barrera de los ochenta años tenía la casi obligación de encontrarme con la Ilusión y el Desencanto. Hélas aquí. Estoy en medio de ellas, dispuesto a escuchar sus argumentos.
«Te voy a decir quién soy, dijo la ilusión, nada más y nada menos que la fantasía de un relato; el deseo, empujado por la confusión, de que un mal se convierta en bien; soy la coraza de la esperanza; los jugosos vaticinios de los candidatos políticos; la lucecita, mortecina pero vibrante, de la posibilidad de despegar, de saltar desde un fondo gris al aire azul. ¡Eso soy!. Si vienes conmigo, tu cansancio llegará a mi oasis. Allí te brindaré dátiles y vino de palma. Conmigo comprobarás que el mundo trata de hablarte. Hasta los gatos se vuelven más comunicativos. ¡Diablos! Sé que gozas de mis ilusiones. Si eres realmente listo, no dejes de gozarlas jamás. ¿Qué soy como un sueño? ¿Y qué, acaso los sueños no son parte de la vida? Estas son mis fuerzas», terminó la ilusión.
Yo, que estoy entre las dos, paso revista. ¿Podrán enfrentar estos poderes a los del desencanto? No sé. Están frente a frente. Le toca al desencanto. Su voz es sibilina. Es más delgado que la ilusión. Ríe con la boca abierta desde los almohadones de su poder, por eso me percato de que sufre de mal aliento. Escuchémosle:
«Confío en lo quebradiza que es la imagen del hombre luchador, lo resbalosa que es la senda de la utopía y lo frágil que vive en su castillo de naipes. ¿Quieres saber con qué cuento para desarmar las ilusiones? Con toda la historia. Con la inclinación o el favoritismo del mundo por las malas noticias. Claro, los medios descubrieron que ese era el tamal preferido y ¡Zut! Allí tienen: rabia por doquier. Como dice la Biblia: rechinan dientes en las fauces del mundo. Tan difícil que es construir una amistad y tan fácil dinamitarla. La traición es mi ayudante. ¿Quién no ha traicionado alguna vez en su vida? Por eso yo soy lo real, lo que existe. Pregúntale a ella (señalando con una mueca a la ilusión)». La ilusión no hace esperar su respuesta: «Tú existes, por eso dueles; yo no existo por eso me sueñan».
“Grun-tu-molani”, el hombre quiere vivir.