Iba a dejar de un lado el tema sobre el Programa Oficial de Carreras y su pésimo contenido, pero opté por mantenerlo porque me parece importante. Tras la columna de la semana pasada, el secretario de Carreras, lo mismo que uno de sus asistentes, se me acercaron para explicarme su realidad y, al final, de lo único que me convencieron es de que ahí lo que hay es una tiradera de pelota, que da pena.
También se me acercó el subdirector de operaciones hípicas y prometió hacer las diligencias necesarias para que al público le den un producto decente a cambio de su dólar. Esperaré.
Aprovecho este asunto del Programa Oficial de Carreras para señalar que todos debiéramos ser lo suficientemente responsables para cerciorarnos de estudiar, aprender y aplicar las reglas, estatutos, reglamentaciones y demás instrumentos legales que rigen las actividades sociales, deportivas, políticas, administrativas y de otra índole en las que nos involucramos.
Un amigo que me dijo una vez que "para romper las reglas, primero hay que sabérselas".
Digo esto porque uno de los grandes problemas de los hípicos, tanto de los fanáticos, como de muchos de los profesionales que en ella se agitan, es que no se saben las reglas del juego.
Modestia aparte, me siento en condiciones de discutir con quien sea casi todas las reglamentaciones y contratos vigentes en la hípica nacional, porque las estudio constantemente. A diferencia de lo que puedan pensar en la Secretaría de Carreras, no necesito que me soplen nada. Además, los errores a los que me he referido son más producto del descuido que por faltas al reglamento, que también las hay. ¿O pretenden convencerme de que Jairo Rendón sí montó a Gran Eloy la semana anterior?
Me ha tocado explicarle a mucha gente temas relacionados con los reglamentos de apuestas y, sobre todo, del reglamento de carreras.
Y, como hemos señalado, el sistema de hándicap es pieza fundamental en esta industria, por lo que entenderlo es un asunto casi vital.
Para mí es incomprensible que personas que tengan que ver con la organización del espectáculo no sepan cómo se calculan los pesos de los participantes de una carrera o que duden cuando haya que explicar que, reglamentariamente, hay una ventaja de siete libras entre caballos por la diferencia de carreras ganadas.
Y si lo saben y se hacen los polacos, entonces el asunto es más grave. También hay quienes ven los "errores" y callan por conveniencia.
Lamentablemente, no miden las consecuencias ulteriores de sus actos, por eso el público se molesta y, eventualmente, les pasa factura.
Insistimos en que no nos mueve ninguna mala intención con este tema, pero tampoco vamos a ser tolerantes con la desidia. Y no lo seremos porque al público hay que respetarlo.
Los hípicos no tienen por qué sufrir las consecuencias de que una tecla no sirva, o de que una aplicación no funcione o de que falte personal. Esas excusas no valen. Los trapos sucios se lavan en casa. Lo que se necesita es más supervisión, mejores controles y menos vacilación.
Suficiente tienen los hípicos con tener que soportar tantas carreras bufas en la pista, sin que la autoridad competente actúe con rigor, para también tener que cargar con el precio y el contenido deficiente de un documento que debiera ser su mejor aliado y no el causante de dolores de cabeza.