Sus noches se hicieron más largas desde el día que leyó ese mensaje. Esas tres líneas, escritas a doble espacio que halló en el cuaderno de correspondencias de su hijo más pequeño; el que está en tercer grado, eran las causantes de su sobresalto.
Su mente no descansó desde mediados de semana, debido a que el domingo por la noche tendría que escoger entre pagar un servicio público o atender el contenido del mensaje.
Se preguntaba, una y otra vez, por qué le estaba sucediendo esto, si siempre ha sido responsable, sobre todo, en las obligaciones que corresponden al bienestar y tranquilidad de su familia.
Sopesa las posibilidades, mientras mira y lee nuevamente el mensaje de marras, el cual parece apuntarlo como si fuera una pistola.
Se acabó el tiempo, no encontró solución, así que tomó la decisión que le pareció más coherente: el futuro del niño está primero.
Llegó el lunes, y muy temprano se levantó para acompañar a su vástago al colegio. Pasó por la Secretaría y pagó la cuota mensual.
Se despidió del niño, deseándole suerte en el examen de Español.
En la tarde, volvió a la casa. Todavía lucía preocupado porque la noche estaba por llegar y horas antes le habían cortado la luz. Su hijo no podía estudiar para la prueba del día siguiente, pero el mensaje de la nota en el cuaderno era claro: “Los estudiantes deberán mantenerse paz y salvo para realizar los exámenes bimestrales, si su acudido se encuentra moroso por favor no enviarlo”.