José Saramago, Premio Nobel 1998, escribió: «La Iglesia trató de encontrar una explicación para la creación del mundo, y llevan defendiendo esa idea desde entonces... con violencia. Se trata de una intolerancia asesina, como la de la Inquisición, que quemaba a las personas por verlas como diferentes». Si al alto clero no le hubieran parado la avaricia por conservar riqueza y poder, todavía seríamos testigos de torturas y empalados ardiendo en las plazas públicas, seríamos testigos de los histriónicos y sádicos 'autos de fe' que terminaban en la burla y el asesinato. Alguien dijo con atino, que la única razón por la que Fray Tomás de Torquemada no mató más gente que Hitler y Stalin, fue porque no tenía cámaras de gas y ametralladoras. ¿Cómo pudo una institución que supuestamente predicaba el bien, dar refugio y protección a uno de las criaturas más sádicas de la historia de la humanidad? Fray Tomás de Torquemada, el gran inquisidor, murió en la vejez, como mueren los de su calaña: Franco, Pinochet.
Dice el antropólogo vasco Julio Caro Baroja: «desapareció la Inquisición, pero no el espíritu inquisitorial». Las redes sociales son vivo ejemplo de esta sentencia. Gente que debería emplear su tiempo revisando un manual de gramática y mejorando la ortografía, escribe sobre Dios como si acabaran de tener una conversación telefónica con él. Meten a Dios en cada frase que escriben, no razonan ni tienen argumentos para confrontar un problema porque Dios, cualquier Dios, lo hará por ellos. Así leemos a un Dios omnipresente enredado en el balbuceo de un comentario mal escrito, que denigra a las mujeres, degüella a cuanto homosexual se ponga por delante, odia a los extranjeros porque todos son unos parias ladrones y consiente el asesinato de niños en guerras desiguales. Todo en nombre de Dios. Imaginamos a ese Dios —que debe tener una inteligencia excepcional— en aquel Paraíso prometido en las escrituras, junto a tantos mediocres, beatos, necios, y ante lo tétrico de la imagen, nos compadecemos.
Jugamos a ser Dios sin considerar las preferencias lúdicas de Dios. Santo Tomás decía que Dios creó el mundo para divertirse. Dios juega y hasta se divierte. En la película española 'Los lunes al sol' de Fernando León de Aranoa, hay una escena que narra la anécdota del primer viaje al espacio del astronauta ruso Yuri Gagarin. A su regreso un periodista le pregunta si ha visto a Dios en su viaje, y el astronauta contesta: «Sí, he visto al camarada Dios en el espacio, y me ha dicho que les diga que él no existe».