Cada cierto tiempo, un desequilibrado mental decide salir de cacería humana y, una vez cumplida su fatídica misión, renace -en Estados Unidos- el debate sobre la conveniencia o no de que siga vigente la Segunda Enmienda de la Constitución que permite a los ciudadanos comprar y portar armas de fuego so pretexto de que tienen derecho a su defensa personal.
Después de que James Holmes irrumpiera en una sala de cine en Colorado y acribillara a 12 personas que salieron esa noche en busca de un momento de solaz y encontraron la muerte, desde el presidente Obama hasta su rival republicano Mitt Romney se han referido al tema.
Y, a pesar de la tragedia y de que episodios similares se repiten cada vez con más frecuencia, parece prevalecer mayoritariamente la idea de que llevar una pistola en el cinto es un derecho que pesa más cuando se pone en la balanza junto con las consecuencias nefastas que trae consigo legalizar ese comercio de violencia, agresión y muerte.
Hace dos siglos, cuando los patriotas de las trece colonias fraguaron la independencia para dar lugar a lo que es hoy los Estados Unidos de Norteamérica, se justificaba el porte y tenencia de armas debido a que había que defender la libertad individual y colectiva a sangre y fuego. Ahora, habría que preguntarse si con la realidad de hoy, es o no necesaria una revisión de la norma. Es un ejercicio de introspección que debe hacer los Estados Unidos como país.
En caso contrario, seguirán repitiéndose dramas como la masacre de 1999 en una escuela en Columbine, paradójicamente a apenas 35 km de Aurora, donde dos estudiantes mataron a 13 personas, o como la de la universidad Virginia Tech, ocho años más tarde , cuando un hombre mató a 32, o la que ocurrió en una base militar en Texas en 2009, donde murieron 13, o igual que el tiroteo de Tucson el año pasado 2011, que dejó herida a una congresista y le truncó la existencia a otros seis seres humanos.
La libertad, desprenderse de las ataduras, no solo debe ser física, sino también mental.