Es un hecho: nuestra mente siempre está hablándonos. En un día normal, nos recuerda las compras que debemos hacer en el supermercado, recoger a los chiquillos, terminar un trabajo pendiente o hacer la tarea de la universidad.
Casi nunca escuchamos conscientemente sus palabras: las oímos como quien oye llover. Pero actuamos movidos por ellas. Nos manipulan como si fuéramos títeres y nos dejáramos llevar de modo mecánico.
Todo esto ha sido comprobado por probados investigadores. Muchos programas de desarrollo personal –recuerdas el muy publicitado El Secreto– lo utilizan a modo de piedra de base.
Pero el meollo del asunto es que, el ejercicio de leer, permite ordenar nuestra mente y hacer que sus palabras lleguen a nuestra conciencia. Lo que leemos se refleja en el eco de la comprensión. Es como si aprendiéramos a domar un potro desbocado.
¿No se te antoja ser un buen vaquero o vaquera, y cabalgar plácidamente por una llanura, cualquier llanura? Así te sentirás cuando estés muy concentrado, sumido en un buen libro.
Y cuando se escribe, se fijan en el papel las palabras que pasan veloces por nuestra cabeza. Nos convertimos en lectores de nuestro inconsciente, comenzamos a pensar por nosotros mismos.