Deportes

Doña Jacinta


Doña Jacinta, la beata más beata y la chismosa más chismosa del pueblo, se murió una madrugada. Sus amigos decidieron conservarla en hielo hasta el día siguiente, para que la familia pagara el velorio de la noche.

Mientras tanto, el Padre Ignacio pensaba: “Pobre doña Jacinta. ¿Cómo le estará yendo? ¡La voy a extrañar, porque ella me enteraba de todos los pecados ajenos que no me confesaban!”

Era de tardecita cuando el señor cura llegó a la casa de la difunta. Inició el rezo del rosario con la Salve y luego dijo: “Los misterios que vamos a contemplar… ” Hasta allí llegó, porque se oyó un ruido muy extraño, y los presentes, paralizados por el asombro, vieron a doña Jacinta incorporarse hasta quedar sentada en el féretro. Pronunció una breve frase y luego enmudeció. Como tampoco pudo escribir, porque sus manos estaban paralizadas, nadie se enteró de que ella se había muerto de verdad y había ingresado en el recinto 4300.

 

Allí, la enorme muchedumbre estaba en completo silencio y todos miraban hacia unas enormes pantallas.

Había muchos diablitos deambulando. La condenada agarró por el rabo a uno de ellos para preguntarle qué eran las escenas que veían y por qué estaban todos boquiabiertos esperando la comida.

Éste, riendo a carcajadas, le informó que lo que contemplaban eran escándalos, bochinches, concupiscencias, adulterios y hasta los malos pensamientos.

 

“¡Qué maravilla!”, dijo doña Jacinta entusiasmada. Pero, para que se enterara de una vez por todas que estaba en el infierno, la forzaron a ver cómo podaban las lenguas que iban creciendo.

Así no podían comentar nada de lo que veían. Las fatídicas cuchillas se acercaban a ella, cuando fueron interrumpidos por el Gran Diablo Director del 4300, quien informó que, hasta que se terminaran las ampliaciones de ese recinto, los nuevos sentenciados cumplirían su castigo en la tierra.

Llevando a cuestas a doña Jacinta, regresó hasta el velorio y estaba colocando el alma en el cadáver, cuando el Padre Ignacio dijo: “Los misterios que vamos a contemplar hoy son…” Entonces doña Jacinta se incorporó en el féretro, y con voz estentórea pronunció sus últimas palabras en esta vida: “¿De qué misterios hablan, que yo no me he enterado?”

 

No pudo añadir más; porque ¡zas! de un solo tajo, el Gran Diablo cumplió con su tarea.

(Adaptado de El Dilema del Gran Diablo – Rombos – Madelag)


fecha edicion
old id
459738
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América