A mí no me lo crean. Me lo contó mi abuela y a ella se lo dijo la abuela de su abuela, a quien le agradaba contar los cuentos que le había contado la suya. Y, de la abuela de mi abuela solo tengo referencias de que era una eximia cuentista; íntima amiga de don Antonio, quien era experto en urdir chismes.
El caso es que doña Jacinta, la beata más beata y la chismosa más chismosa del lugar, se murió una mañana.
-¡Se murió doña Jacinta! -¡Se le trabó la lengua!
Y otras expresiones cariñosas como estas se decían por doquier.
El revuelo fue sensacional. Sus amigos decidieron conservarla en hielo hasta el día siguiente, para que la familia pagara el velorio de la noche.
A las pocas horas estaba todo el pueblo en la casa de doña Jacinta. Había sillas de diferentes colores y variados estilos apoyadas contra las paredes; en el centro de la sala estaba el féretro descubierto. Desde allí, doña Jacinta, con ceño adusto, parecía protestar porque le habían cerrado los ojos.
Habían llegado unas cuantas coronas de flores y, como el espacio era reducido, pinchaban al que se acercaba a ofrecer sus condolencias a los parientes. Pero eso sucedía en todos los velorios de esa categoría.
Las velas despedían un humo insoportable que enrarecía el ambiente. Incomodaba a los presentes, pero era muy útil a las plañideras, porque las hacía llorar con facilidad.
En la cocina la batahola era tremenda. Se desplumaban pollos por docenas. Había que tener caldito para los que iban a velar toda la noche. El café se preparaba por galones y en una mesa, colocada en lugar discreto, se servía caña fuerte para los que estaban a punto de desmayarse, vencidos por el cansancio.
A la cabecera, imponía respeto un crucifijo y en la pared, desde su marco dorado, el retrato del difunto de la difunta parecía lanzar miradas de súplica; esos ojos pedían a los presentes que impidieran el viaje de doña Jacinta al mundo en el cual él se encontraba gozando de paz.
Con la conmoción y el inusitado trajín, nadie se había acordado de rezar por el alma de la difunta. Pero cuando se hizo de nochecita, apareció el señor cura y salieron a relucir los rosarios.
Al padre Ignacio se le humedecieron los ojos cuando empezó a recitar el Credo:
Pobre doña Jacinta - pensaba - La voy a extrañar, porque ella me enteraba de todos los pecados ajenos que no me confesaban y nunca me dijo uno de ella. ¿Cómo le estará yendo?
Se inició el rezo del rosario con la Salve, a la que siguieron tres Padrenuestros, y luego hizo una pausa antes de decir la frase de rigor:
- Los misterios que vamos a contemplar hoy son…
Hasta allí llegó el sacerdote, porque se oyó un ruido muy extraño y los presentes, paralizados por el asombro, vieron a doña Jacinta incorporase hasta quedar sentada en el féretro y con voz estentórea pronunció sus últimas palabras en esta vida: “¿De qué misterios hablan, que yo no me he enterado?”.
No pudo añadir más; porque ¡zas!, de un solo tajo, el gran Diablo cumplió con su tarea y podó la lengua de doña Jacinta, antes de que esta pudiera protestar.
Como tampoco pudo escribir, porque sus manos estaban paralizadas, nadie se enteró de que ella se había muerto de verdad y había ingresado en el recinto 4300 del infierno. Allí, la enorme muchedumbre estaba en completo silencio y todos miraban hacia unas enormes pantallas. Había muchos diablitos deambulando. La condenada agarró por el rabo a uno de ellos para preguntarle qué eran las escenas que veían, y por qué estaban todos boquiabiertos esperando la comida. Este, riendo a carcajadas, le informó que lo que contemplaban eran escándalos, bochinches, concupiscencias, adulterios y hasta los malos pensamientos. “¡Qué maravilla!” dijo doña Jacinta entusiasmada. Pero, para que se enterara de una vez por todas que estaba en el infierno, la forzaron a ver cómo podaban las lenguas que iban creciendo. Así no podían comentar nada de lo que veían. Las fatídicas cuchillas se acercaban a ella cuando fueron interrumpidos por el gran Diablo, Director del 4300, quien informó que, hasta que se terminaran las ampliaciones de ese recinto, los nuevos sentenciados cumplirían su castigo en la tierra. Hasta entonces, por mandato expreso de autoridades superiores, el alma de doña Jacinta fue devuelta al cuerpo mortal para que cumpliera su condena.
Esto me lo contó mi abuela. Y a ella, como ya les informé, se lo había contado la suya, que era eximia cuentista; íntima amiga de don Antonio, quien era experto en urdir chismes.
(Adaptado de El Dilema del Gran Diablo –Rombos– Madelag).