En la serie de comentarios que he estado haciendo, he querido resaltar hasta qué punto la televisión en nuestro país se ha desarrollado no como un vehículo ideal para la difusión de conocimientos ni como un factor de mejoramiento cultural de los sectores de la población que tienen acceso al medio, sino como una cabeza de playa de los peores componentes del mundo contemporáneo, que saben que la ignorancia de las masas hace más poderosos a los que las gobiernan y, además, los exime del deber de responder por sus actos y por sus decisiones en un andamiaje político que pretende parecer una democracia.
En los países más adelantados hay mecanismos para conjurar ese proceso por lo menos en una minoría que pueda mantener la cohesión social y una semblanza de orden. En ciudades alemanas, por ejemplo, hasta en las calles encuentra uno letreros que dicen: "La televisión hace mudos a los niños", en Francia, en Inglaterra, en Italia, en los países escandinavos y en el Japón hay canales de televisión realmente educativos, y en algunos se ha legislado para que los canales privados incluyan un porcentaje de programas serios, concebidos y elaborados como vehículos de transmisión de los grandes valores culturales, artísticos, religiosos y científicos.
Pensemos ahora qué importancia tiene esto en un país con una economía que no depende de la producción de bienes tangibles, que ni siquiera produce telas que, tal vez, fue lo primero que fabricó el hombre sobre la tierra, sin más industrias que las de transformación de productos semiacabados, y cuya economía depende principalmente del sector de servicios. El primer imponderable que surge entonces es lo que puede ocurrir si no existen medios para que los niños adquieran un dominio del lenguaje por encima de lo que se considera educado puesto que los servicios se dan básicamente dentro del reino del lenguaje.
Muchas veces he comentado cómo, en los últimos 40 años, han ido desapareciendo gradualmente de los currículos obligatorios las materias que siempre han servido para el desarrollo de la facultad del lenguaje y de la adquisición del idioma. Si los más eminentes lingüistas, e incluso neurofisiólogos, advierten que el lenguaje se adquiere primordialmente por exposición, por lo que permea la mente del niño hasta la edad de catorce años en la mayoría de los casos, ¿qué respuesta encontramos en la realidad al preguntar si saben hablar y escribir bien los niños que están terminando la primaria y los jóvenes que acaban de comenzar la secundaria?
Nuestro país ha llegado a tal grado de analfabetismo funcional que hasta las leyes son con frecuencia incomprensibles y se prestan para más de una interpretación, en tanto que las diligencias administrativas se producen en un vacío lingüístico que siempre deja dudas sobre el progreso y sobre el resultado de los trámites, y deja a los inversionistas buscando el boleto del avión de regreso a su tierra.
Sin embargo, como si las consecuencias de eso en términos de productividad, seguridad y orden fueran todavía poco, las autoridades pretenden resucitar la ley sobre lenguaje con perspectiva de género para acabar con las pocas perspectivas que nos quedan, y los canales de televisión comienzan a eliminar todo lo que pueda oler a arte o a cultura, para bombardearnos incesantemente con espectáculos diseñados con miras a la diseminación del temor, al cultivo de la superficialidad y al fomento de la promiscuidad, del crimen, de la droga y de la corrupción en todas sus formas.
Por otra parte, el espejismo que deslumbró a algunas mujeres y embrujó a sus adeptos hizo que la cruzada del lenguaje con perspectiva de género cobrara suficiente fuerza como para que se presentara un proyecto de ley que lo hiciese obligatorio en los textos escolares, con el fin de asegurar que, en diez o veinte años, no quede en nuestro país más que un reducidísimo porcentaje de gente que sepa leer y escribir, y que, como en los monasterios de la Edad Media, sólo un puñado de seres dispersos haya adquirido el idioma hasta el nivel necesario para razonar y pensar de vez en cuando.
Incluso mujeres inteligentes han caído en la trampa de que el género gramatical tiene que ver con los derechos de su sexo, cuando en los países donde las mujeres tienen más poder y gozan de más consideraciones, como Alemania, Suecia, Rusia, Islandia, Dinamarca, y donde primero llegaron a ser primeras ministras como Sri Lanka y la India, el plural masculino se respeta en todos los estratos y en todas las escuelas, y sus idiomas tienen género gramatical.
Cada vez que una ley establece un nuevo frente beligerante contra el idioma, recuerdo que, con palabras sencillas y luminosas, Justo Arosemena dijo que el gobierno que quiera educar al pueblo tiene que comenzar por la escuela primaria. Esas palabras se hacen más exigentes en nuestro país puesto que la televisión ocupa tres o más horas diarias en la vida de los niños, con un español cuyo nivel de calidad se ajusta al más bajo denominador común de la sociedad.
Recuerdo también que el gran lingüista alemán, Friedrich von Humboldt, hermano del famoso geógrafo, dijo que no tiene salvación el país que no mantenga una relación de enriquecimiento recíproco con su idioma, y si el fin de los grandes imperios siempre ha sido precedido por la degradación del lenguaje, ¿qué nos podrá esperar a nosotros?
A los muchachos que inician como los de "Vive la música" les desean que confíen en ellos, que pasen las barreras que los tropezaran en el camino y que hagan esto porque les gusta y no para competir.
A la gente que los sigan apoyando porque sin público no hay artista. "Todo se lo debemos al público", finalizaron.