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Efecto contrario

Antes de empezar a construir estos párrafos, hice un inventario sobre algunas prácticas que ejercemos los seres humanos en los roles que desempeñamos cotidianamente y, la verdad,


Egbert Lewis (egbert.lewis@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Antes de empezar a construir estos párrafos, hice un inventario sobre algunas prácticas que ejercemos los seres humanos en los roles que desempeñamos cotidianamente y, la verdad, casi apago la computadora y salgo huyendo.

Aparte de nuestra falta de fe y amor hacia el prójimo, llegué a la conclusión de que el permanente estado de guerra en el que desde los tiempos bíblicos se encuentra inmersa la humanidad, se debe al hecho de que no hemos aprendido -a pesar de los siglos de los siglos- a proceder con prudencia y, sobre todo, a instalarnos en la posición de la contraparte antes de espetar un vocablo o hacer una bufonada para caer en gracia.

Por ejemplo, detesto (en el mejor sentido de la palabra) acudir a un consultorio médico en busca de atención y que a cambio deba escuchar al doctorcito chistoso o amante de las carreras de caballos o del fútbol que empiece a echarme cuentos. No soporto que me llamen a una conferencia de prensa y que al final de la invitación me hagan la salvedad de que “habrá comida”. Me enerva la gente que habla como si anduviera con un megáfono pegado a la jeta y qué decir de los que no conocen los “signos de puntuación al hablar”, aquellos que uno les echa un ‘cuara’ y no paran de hablar.

No es que yo sea un tipo insensible ni mucho menos que hoy me haya tomado una sopa de tigre, quienes me han tratado saben que soy un alma de Dios –la cuña es gratis-, pero uno no siempre está dispuesto para, por ejemplo, que cualquier pelafustán le diga tío o viejo en el estacionamiento de un centro comercial; que mientras espera para hacer un trámite, una doña desconocida le cuente la historia de su vida y dé consejos que no pidió o tener que escuchar a un tipo hablando a boca de jarro sobre los miles de dólares que se gana en su negocio y las cervezas que tomó en su última farra.

En la mayoría de estas situaciones, el propósito es llamar la atención o caer bien para lograr algún favor o consentimiento, pero en cuanto a quien suscribe este desahogo, todo lo que obtienen es el efecto contrario.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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