“ Es maravilloso experimentar en mi interior sentimientos, pasiones y deseos que me impulsan a superarme, a seguir adelante, a creer que todo es posible”, declaró para este medio de comunicación Priscila Chávez, estudiante de Enfermería de la Universidad de Panamá, ex integrante del grupo de expresiones folclóricas de la Vicerrectoría de Asuntos Estudiantiles.
Priscila nació el 8 de julio de 1973 en Penonomé, Coclé, tierra del también valiente Victoriano Lorenzo. En 1991, partió hacia la ciudad de Panamá con deseos de superarse en todos los aspectos posibles (educativo, científico, social, cultural, humano…) “Siempre he anhelado servir al prójimo”, señala Chávez agregando que su fe y amor por la Enfermería es una luz que nunca se apaga.
Nuestra entrevistada ingresó en 1991 a la carrera que le apasiona, y decidió activarse, desde 1993, en “Así es Panamá”, primera agrupación de expresiones folclóricas, formada por estudiantes de la Universidad de Panamá, la cual cobró vida formal en 1994, por iniciativa de la Vicerrectoría de Asuntos Estudiantiles, a través del Departamento de Cultura.
Priscila considera a la Universidad de Panamá “cantera que nos da lo que necesitamos para insertarnos en la sociedad y servirle a la patria como ciudadanos, profesionales y en lo que sea necesario”.
Estima que no fue en vano luchar por conseguir un espacio universitario. Al lograrlo se sentía realizada y destacada. No obstante, ignoraba que el destino le tenía una gran sorpresa, un duro obstáculo en el camino.
A las 6:00 p.m. de un sábado de abril (año 1995), acompañada de su madre, regresaba a casa, luego de finalizar los ensayos de “Así es Panamá”. Habían llegado a la “Loma del Cristo” en San Miguelito. De repente, un ingeniero del Ministerio de Obras Públicas, quien conducía en estado de embriaguez un pick up de dicha institución, las atropelló en la acera y las lanzó 7 metros hacia atrás.
Como consecuencia de aquella “embestida”, Priscila estuvo hospitalizada desde el 8 de abril hasta el 21 de junio (y en coma quince de los setenta y cinco días que permaneció en el hospital).
Casi sin vida, Chávez presentaba: fractura en la base del cráneo y en el brazo izquierdo, golpe en la pierna derecha -que le ocasiona inestabilidad para caminar-, úlcera por presión en el área pretibial de la pierna derecha (lo que hizo surgir la necesidad de reconstruir ésta); debilidad en el tensor de la extremidad inferior derecha; incapacidad total de establecer comunicación verbal y escrita, por tener afectada el área temporal del cerebro.
Priscila estuvo en cama sin poder incorporar su cuerpo por cuenta propia, luego se vio en la necesidad de utilizar silla de ruedas, más adelante andaderas, después bastón de cuatro apoyos y, finalmente, bastón simple. Usó férulas en sus manos y pies para evitar contracturas por deformación, debido al desuso por inmovilización; tuvo necesidad de que le hiciesen una incisión en la tráquea, con dos objetivos: facilitar el paso del aire a los pulmones y hacer llegar los alimentos al sistema digestivo. Debió ser atendida en ortopedia; se sometió a dos terapias: una para recobrar la capacidad de mantenerse de pie y caminar con estabilidad y equilibrio aceptable; la otra para que la recuperación y normalización del habla llegase a su máximo nivel.
Priscila debería estar asistiendo a una piscina para continuar el tratamiento, de cara a su desplazamiento seguro y estable. No obstante, no puede hacerlo porque, con el salario que devenga su mamá, tendría que escoger entre seguir estudiando en la universidad y ejercitarse nadando.
Aunque los terapeutas le dieron de alta a la estudiante de enfermería, es evidente que no ha culminado el proceso de recuperación plena de su capacidad de comunicarse verbalmente (todo parece indicar que, conociendo las limitaciones económicas de Chávez, los especialistas se conformaron con un mínimo de mejoría).
Serafina Carrasco, madre de Priscila, quedó afectada en menor grado como consecuencia del accidente. Y así incapacitada, con sus tornillos y clavos en una rodilla, tuvo que atender a su hija. Por sus condiciones de salud y el deber de madre, abandonó el empleo. No obstante, la misma señora con quien trabajaba anteriormente, la contrató cinco años después, aceptando que su hija viva en el lugar donde labora.
“Le doy gracias a Dios por devolverme la vida y por ayudarme a romper y rebasar las numerosas e imponentes barreras que -en serie- me ha hecho enfrentar el inclemente destino. Me ha pasado por la mente colgar los guantes. Pero vuelvo la mirada a quien todo lo puede, Nuestro Padre Misericordioso. Él y mi madre me sirven de inspiración. Constituyen una fuente que me da fuerzas, confianza y valor para seguir mi camino. Me han dado la capacidad de adaptarme a los signos de los sucesos, de romper con el pasado, para sólo conservar lo perdurable, lo que tengo ahora”, señaló la futura enfermera.
“En el 2007, doce años después de aquel sábado, y en plena conciencia de cómo me encontraba, pero asumiendo una positiva actitud de confianza en mí, sentí que debía hacer brillar mi verdadera luz de perseverancia, poniendo a Dios primero, sobre todas las cosas. Partiendo de esas sólidas bases, decidí reingresar a la Universidad de Panamá para culminar con ese sueño que, luego de todo lo ocurrido, se hizo más grande: terminar mi carrera, realizar algún trabajo que me ponga en condiciones de ayudar a mi mamá y de hacer frente a mis necesidades”.
Ante la ley de los hombres, Priscila “perdió” el caso sobre el accidente. Además, no recibió ayuda alguna inspirada en la sensibilidad humana o en la obligación que constitucionalmente tiene el Estado panameño de garantizar la salud de los ciudadanos de este país. No obstante, ella ganó ante la justeza y la buena voluntad del Padre Misericordioso, quien junto a su mamá, hermanos, familiares y amigos es su permanente ayudador. Lamentablemente cuando tuvo lugar ese accidente, aún no estaba vigente el Seguro Estudiantil Universitario. El Estado y la sociedad panameña tienen la oportunidad de dar una salida honrosa a la silenciosa, pero inocultable deuda moral que tenemos con Priscila, y que rebasa todo límite más allá de lo “legal”.
Chávez afirmó que no habitan en su mente pensamientos negativos ni guarda en su corazón malos sentimientos. “No le guardo rencor al señor que me atropelló. Quién sabe qué le pasó, qué problema tuvo, cuál fue la causa que lo llevó a cometer esa falta grave”, manifestó.
Refiriéndose a sus anhelos y remontándose a anécdotas agradables dijo: “Deseo ser una buena enfermera y no dejo de soñar despierta con volver a bailar típico en la agrupación “Así es Panamá”. Dos piezas que al escucharlas lloro, porque me hacen recordar tan bellos momentos, son: El Punto de Santa Librada y La Espina, aprendidas en nuestro grupo y presentadas en una Feria de La Chorrera”.