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Ejemplos solidarios


El Honorable muestra el fajo de billetes ante las cámaras de televisión. Son seis mil dólares los que millares de espectadores lo ven abanicar con desenfado en rueda de prensa. Él mismo convocó a los principales canales y diarios para media tarde de aquél miércoles. Como lo había prometido, hace escabrosas revelaciones sobre varios legisladores, incluyendo miembros de su partido. Admite y denuncia que él y otros parlamentarios recibieron un soborno para garantizar la aprobación de un proyecto de ley. Los periodistas, animados por la candente noticia, se desbocan en preguntas que el asambleísta responde con una cínica impavidez y enérgica voz. Medio Panamá observa y escucha con una extraña mezcla de asombro e indignación.

Pero qué cínico - espetó con enojo Mauro Peña.

- Ahora sí se formó la vaina - comentó su hijo Ramiro, quien había puesto una pausa a la lectura de su libro de biología.

 

-Qué va - dejó escapar su padre con una honda exhalación, como de impotencia y rendición.

A mí me parece que se está acusando él mismo - añadió el muchacho.

- No va a pasar nada. Como siempre - reflexionó en voz alta Mauro, más que contestarle al hijo. Su experiencia de abogado y ciudadano le decían que ningún político en el poder va preso.

 

Ramiro sintió lástima por su padre. Más que por el tono cansado y resignado de su voz, lo compadecía por el trabajo esclavizante con el que a duras penas sustentaba su hogar. ¿De qué le sirvieron los honores académicos de los que se jactaba, si nunca tuvo las influencias ni la garra para descollar?

Con ese pensamiento en la cabeza, volvió la mirada al televisor. Cuando finalizó la transmisión, miró al padre, miró el libro, y lo cerró sin terminar de estudiar los capítulos de examen para el día siguiente. Ese miércoles decidió la profesión que quería seguir.

Solidarios

 

Abdiel Hart le mete piernas y pulmón a su carrera. No va a permitir que se le escape. Él sabe que no todos sus compañeros piensan del mismo modo, pero no acepta la idea de que un ladrón logre evadírsele. La verdad es que la paga a veces no merece tanto sacrificio, y por eso entiende a varios de sus compañeros que sólo se metieron a guardias por tener un trabajo. Pero él es un policía de vocación. No soporta ver cómo un maleante le roba a un turista. Delincuentes como el que en estos momentos persigue, son los que dañan al país. Tipos de su calaña ahuyentan a la gente que desea venir y hacen que se fuguen dinero y progreso para el pueblo. Cada vez son más descarados. Ya hasta asaltan en plena tarde. Y que no salgan con el cuento de que la cosa está dura y de que son pobres. Su familia también las pasa de Caín. Él mismo viene de abajo y sabe cómo es la cosa, pero es honesto y se esfuerza. Cree en la ley y en el orden, y está dispuesto a ejercerlos hasta donde llegue su autoridad. Además, espera crecer profesional y jerárquicamente dentro de la institución. Por eso, quiere hacer las cosas bien y dar al máximo de sí mismo. De allí que no desee perder a su primera presa.

Omar Barrera huye con todo lo que tiene y todo lo que se lleva. Aún no sabe cuánto cargaba ese gringo en la cartera. ¡Ojalá sea bastante! Como para poder hacer un buen súper. Ya lo que sacó con el empeño de la radio, la tele y las pocas prendas de su mujer, se le esfumó. Y la verdad es que eso de estar vendiendo DVD piratas en el semáforo no va con él. Sus aspiraciones personales y para sus hijos van más lejos. ¿Por qué no? Se lo merece. Después de todo, es un hijo de Dios y está arrepentido de los miles de enredos en que estuvo metido. Es cierto que había dado muchos malos pasos, pero intentó hacer las cosas bien acá afuera, porque estando dentro de la prisión encontró al Señor y ahora que lo llevaba consigo no quería ofenderlo ni volver a una celda. Sin embargo, Diosito se la estaba poniendo difícil. Le estaba dando una cruz muy pesada. Después de que el Todopoderoso cruzó en su camino al abogado ese, Mauro Peña, que lo ayudó a salir libre, y lo hizo sentirse un hombre renovado y más cerca del cielo, aquí en la tierra todas las puertas se le cerraban. Trató de buscar trabajo, pero por haber estado preso no lo querían contratar permanentemente. De alguna u otra forma, los jefes siempre se enteraban de su pasado y al rato lo botaban sin misericordia. De nada servían sus ruegos ni jurar por Dios ni citar La Palabra. Lo más que había durado en un trabajo desde que salió de la cárcel fue dos meses. Y de eso hace más de tres años. La cosa cada día se ponía peor en su hogar. Se pasa más trabajo y se come menos. Su mujer lo engaña, y él haciéndose el tonto porque así ella consigue algo más de plata. Los “pelaos” no lo respetan. Lo miran feo y los dos más grandes están en pandillas. Uno ya cayó preso. El Todopoderoso sabe que también se arrepiente de haber vuelto a robar, pero no le quedó de otra. Confía en su misericordia. Y va a necesitar de su intercesión porque el guardia ese está cada vez más cerca. Lo va a atrapar. Y él ya no tiene fuerzas para correr. Tanta hambre y tanto sentimiento de culpabilidad lo debilitan.

Abdiel alcanza a Omar. Por fin. El condenado lo hizo sudar. Pero ya lo tiene. Lo sujeta fuerte y lo empuja contra una de las mesas dispuestas fuera del restaurante sobre Avenida Balboa. Por un momento, sintió vergüenza cuando algunos comensales abandonaron asustados sus puestos al ver al delincuente aproximarse, perseguido por un policía. Seguramente se imaginaron un tiroteo y que sus vidas corrían peligro. Sería bueno que el jefe de la Policía estuviera allí para que presenciara cómo él arrestaba al antisocial sin dificultad y sin causar mayor alboroto. Mientras esposa a Omar, piensa que quizá tenga suerte. En ese restaurante suelen reunirse importantes figuras públicas. Y, en efecto, reconoce a cuatro o cinco, pero que más atentos que a su hazaña miraban y comentaban, al igual que el resto de los clientes, la transmisión de una noticia que llenaba la pantalla de un televisor fuera del establecimiento y otro adentro con el mismo programa. El revuelo de las acusaciones y confesiones que daba el legislador hacía a algunos políticos llamar por celular, a otros maldecir y salir de inmediato a varios más. Incluso uno de los citados en lo que parecía un soborno estaba allí presente y, escoltado por un mastodonte, se subió de prisa a su lujoso auto donde lo esperaba, con motor encendido, un chofer. Pasó a su lado sin siquiera notar al policía ni al detenido. Abdiel Hart sintió que todos los que estaban en escena eran indiferentes a su heroica acción, y ni hablar de lo que acababa de ver y escuchar a uno de los hombres que hacen las leyes en el país. Leyes que, de una u otra forma, él estaba dispuesto a cuidar y a hacer cumplir. Era como si le metieran un tiro a quemarropa en el corazón. Entonces recordó al reo que tenía doblado contra la mesa, y que desde esa incómoda posición también habría oído las palabras del honorable representante del pueblo.

 

-Sabes qué, pasiero, vete - le sugirió, soltándole las esposas y dándole una palmada en el hombro como pidiendo perdón - A ellos nadie los va a perseguir.

Omar obedeció al policía, inesperadamente amigo. Le agradeció con un una leve inclinación de cabeza y un rictus. Se alejó rápido, creyendo más en Dios y en los milagros.

Abdiel permaneció allí un rato más viendo, decepcionado, cómo empezaba a transcurrir, insensible, el resto de la tarde.


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454524
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América