Arranca el 2015 y en Panamá estamos en pleno verano. Releyendo por acá a mi querido y parajódico Guillermo Cabrera Infante, me meto en el juego de bailar y birlar con y a las letras como hacía él (y como hace mi queridísimo Neco Endara que por fin pude conocer en directo durante el Festival Eñe) para titular este artículo. Y la cosa no para allí, porque es Raymond Queneau el de los “Ejercicios de estilo” y nosotros por acá dándole leña a las palabras para crear más y más.
La excusa de los títulos del francés, y el cubano sobre todo (“Exorcismos de esti(l)o”), dan pie a que comencemos el año poniéndonos unos ejercicios para esta temporada estival. Y es que la costumbre obliga, casi, a olvidar la lectura durante el verano. Decimos que queremos desconectar y creo que no hay nada peor que hacerlo de las letras. Leer, siempre, verano o invierno, llueva, truene o relampaguee.
Yo estoy leyendo la vida de de Henry Morgan, personaje tan ligado a nosotros y que Juan David Morgan retrata tan nítidamente. Un ejercicio intelectual y literario muy intenso y que le da una nueva luz a un personaje bastante oscuro. Aventuras, juicios y mucho Caribe, “Entre el honor y la espada”, deberían abordarla cuanto antes.
Termino en estos días una novela que me alegro de ver publicada: “La novela de Remón”. Juan Gómez ha conseguido intrigarme desde el principio y siembra de pistas y despistes toda la novela. Dibuja un Remón que yo no conocía del todo y arma la conjura con solvencia. Para los que quieran volver a uno de los magnicidios más interesantes y misteriosos (y que ocurrió aquí), busquen la última novela de Juan Gómez, no se van a arrepentir: correrán el sano peligro de preguntarse por aquellos hechos.
Y saliendo del terruño, les quiero recomendar que lean la última novela de Luis Landero, uno de esos escritores que tocan el mundo de los recuerdos y la memoria de una manera luminosa y tierna: “El balcón en invierno”. Este es un recorrido por el ayer, un tránsito por las veredas interiores del universo novelístico de Landero. Una excelente excusa para encontrarse con un autor fundamental en la narrativa española contemporánea.
Leer es uno de los pocos placeres a los que no se deben renunciar nunca. Aunque siempre estamos declarando la muerte de la buena literatura ésta, por sus fueros, late una vez más para darnos buenos motivos para leer. Dicho esto, quiero que arranquemos este año leyendo y leyendo mucho. Nada de desconexiones: recuerden el complot del que ustedes forman parte.
Más ejercicios de estío, aunque estos son de más largo aliento: “Los Miserables” y “El Quijote”. Sé que se estrenó el año pasado el musical pero espero que no se queden allí y que se sumerjan en las páginas de una novela que habría que leer todos los años junto con la Biblia y mi segunda recomendación.
En la mesilla de noche, siempre, La Biblia y El Quijote. Universos separan sus contenidos, pero los acerca el corazón de los lectores. Llenar la existencia de la luz de estas palabras es intelectualmente básico. Lo teológico y espiritual es tema fundamental para la humanidad, pero de otras páginas que no son estas. La manera en que Cervantes nutre el acervo del desocupado lector merece el monumento de nuestra atención constante.
Por todo esto, quiero que nos animemos a pasar tiempo leyendo. Recuerden lo que se cantaba en la escuela, por lo menos en mis tiempos: “De todos mis amigos el libro es el mejor…” y hasta la fecha creo que bastante razón tiene las canción infantil. Tengo, claro, mejores amigos que los libros pero esos amigos, sumados a los libros, multiplican mi capital personal y seguro que también el suyo.
Feliz verano, y no se olviden de los ejercicios: alguien en la playa o en la piscina o en plenos carnavales les preguntará si leyeron. Ojo: el complot está en marcha.