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El alma de las palabras


Alo largo de la Semana Mayor, siempre pletórica de referentes culturales perpetuos vinculados con la vida, con la muerte, con la resurrección, rondó por mi mente un remedo de las rimas de Bécquer: “Las palabras son aire y van al aire…”.

Amanecía el siglo veinte cuando el suizo Ferdinand de Saussure, en sus clases de Lingüística en la Universidad de Ginebra, alcanzó a ver bajo los faldones de la palabra el corsé que le sostenía la silueta (discúlpenme estos extravíos, pero siempre miro la palabra como un logro hermoso, admirable). Producto de tan meticulosas observaciones (fisgones del mundo, ¡aprended!) estableció que la prenda modeladora estaba compuesta por dos partes unidas por costuras inseparables: el significado (la idea que tenemos del concepto) y el significante (el signo que lo representa).

Dicho de otra manera, cuando usted oye que alguien grita “¡fuego!”, de inmediato viene a su mente la tragedia, las llamaradas, el humo, la posibilidad de perecer entre las flamas, etc. Eso sería el significado; lo que gritó el gritón sería el significante (es decir, el conjunto de sonidos, o de letras en nuestro caso, que da cuerpo a tan atemorizante palabra).

 

Charles Sanders Pierce, estadounidense, añadiría luego que hace falta un interpretante para completar el sentido de un signo (alguien que decida qué hacer ante la palabra: si huir, deslizarse por la barra del cuartel de bomberos o extender una caja de fósforos a un fumón); pero como diría mi hermanazo Héctor Collado, eso es asunto de otra columna.

Vuelvo al remedo de Bécquer: sí, las palabras son aire; pero son más que eso, tienen cuerpo y alma (lo mismo que dijo el maestro ginebrino, solo que dicho ahora con palabras de peatón). Y a veces el cuerpo muere, pero el alma queda vagando por el éter, aguardando otro cuerpo-significante en el que reencarnar.

Yo crecí oyendo en boca de mis mayores un caudal de palabras que ya finaron. Aclaro; no me refiero a los regionalismos, que cuando uno se muda deja de oírlos; hablo de palabras que fueron usadas entre una colectividad determinada y que luego dejaron de ser empleadas en esa misma colectividad. Confieso que hasta la edad de seis años esas palabras fueron parte de mi crecimiento y las asumí como mías; luego vendría la escuela para bañarme de ignorancia (alto: no despotrico contra las aulas, Dios me libre; afirmo que son ellas las que se encargan de mostrarnos cuán ignorantes somos).

 

Al entrar a la escuela rechacé esas palabras con sabor a calostro, por considerarlas inútiles para la comunicación de hechos menos profanos. Ignoraba que estaba dejando atrás el umbral de un habla que se quedaba en el tiempo, no por mal dichas, sino porque fueron incapaces de sobrevivir a una época.

“Apenas cobró su macolla, Luis se fue escoterito para la sierra.” En este simple ejemplo hay dos vocablos difuntos. “Macolla” es voz nicaragüense que significa conjunto (de dinero en este caso); mientras que “escotero”, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, era el barco que navegaba sin escolta.

La primera palabra debe haberle llegado a los hablantes de mi entorno en boca de los centroamericanos que laboraban en las bananeras; la segunda, sin duda provino de la influencia de los despachos de prensa enviados desde el frente (a propósito: la expresión “segundo frente” salió como una definición en los mapas de combate de Europa; fue más tarde que sirvió para definir la cobertura de los encuentros de alcoba).

 

Se acabó el espacio; ¡feliz Domingo de Resurrección!

Que la palabra te acompañe.


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543061
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América